martes, 3 de noviembre de 2026

VENEZUELA: ELECCIONES EN 2027 .


 

 Elecciones en 2027, si Delcy Rodríguez quiere (IV)

Digámoslo sin rodeos: esta negociación depende, en lo esencial, de la presión de Washington, financiera y militar, y nadie sabe si esa presión seguirá siendo posible después de las elecciones del 3 de noviembre

Benigno Alarcón Deza

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30 de octubre de 2026

La entrega anterior fijó cinco indicadores del avance de la negociación para octubre. El mes trajo una sorpresa: la primera señal de un calendario electoral, ausente durante las tres rondas de la mesa, apareció por fin, pero no salió de ella. Lo presentó el Departamento de Estado el 26 de octubre, o sea al día siguiente del regreso de María Corina Machado. 

Vayamos ahora, como corresponde a esta serie de artículos, al examen de lo que sí depende de la mesa.

El examen de octubre

La dilación ya tiene registro. En la segunda ronda, Jorge Rodríguez, jefe de la delegación oficialista, estaba fuera del país el día de la instalación, en Londres, en gestiones diplomáticas y de inversión. Según difundió él mismo en sus redes, participó además en un campeonato de tenis de mesa. La ronda terminó prolongándose varios días, quizás para compensar su ausencia. Y entre la segunda y la tercera ronda no se completó el Comité de Postulaciones previsto para el 15 de octubre: se designó el 22, un día después de cerrada la tercera, y la postulación de magistrados no se abrió hasta el 28, once semanas después del acuerdo de agosto.

Así negocia quien no tiene prisa.

De los cinco indicadores, solo dos se cumplieron. El primero, el Comité. 12 representantes de la sociedad civil, de los cuales solo dos tienen vínculos conocidos con el chavismo según Transparencia Venezuela, lo que da una mayoría no oficialista de un voto en el mejor de los casos. El segundo, el regreso de Machado, el 25 de octubre, sin represalias por ahora.

Los otros tres, no: el tercer ciclo acordó revisar la Ley de la Contraloría en lo relativo a las inhabilitaciones y crear una comisión para el oro. Del árbitro electoral, de una fecha y de los 322 presos políticos que contaba Foro Penal, nada. La reforma de la Ley contra el Odio elimina la cárcel, pero traslada la potestad de sancionar, con multas cuantiosas, de los jueces al Ministerio de Interior, que dirige Cabello: se despenaliza la conducta y se ministerializa el castigo. Y ninguna licencia escribió un hito electoral; lo que llegó, el 14 de octubre, fue el retiro de Jorge Rodríguez de la lista de sancionados de la OFAC, sin razones ni condiciones publicadas.

El Comité: primer eslabón, primeras trampas

Raquel Sánchez, abogada de Foro Penal y una de las doce integrantes civiles, denunció que se pretende que los aspirantes del proceso anulado en mayo repitan sin volver a postularse; que se busca limitar, por «razones de tiempo», el acceso de los miembros a esos expedientes, y que se negó crear un mecanismo para que todos los consultaran, alegando la protección de datos personales. «No estamos eligiendo a los directivos de una empresa privada», respondió. Salvó su voto. El presidente del Comité, diputado del PSUV, habló de un «malentendido». Acceso a la Justicia advirtió que restringir el acceso «viciaría el proceso». El baremo, aprobado, sigue sin publicarse, así como el número de plazas. Un comité que no puede ver los expedientes no puede filtrar: solo puede convalidar.

El calendario llegó, pero no desde la mesa

Según un alto funcionario del Departamento de Estado, la secuencia es esta: un TSJ renovado a mediados de diciembre. Un CNE técnico, sin la facultad de decidir qué partidos y candidatos compiten —la que sirvió para inhabilitar a Machado—; y, renovados ambos poderes, la declaración de vacante permanente de la Presidencia por Delcy Rodríguez, que abriría seis meses para una elección «previsiblemente en 2027».

Debo registrar una rectificación. En septiembre escribí que Washington y el gobierno convergían en una misma fecha: ninguna. Esa convergencia se rompió, al menos en el papel: Washington tiene ahora una secuencia, un año, y pone primero la elección presidencial. Pero la hoja de ruta tiene un defecto de diseño: el paso que pone a correr el tiempo, declarar la vacante, depende de quien tendría que declarar su propia salida. Días después de esta declaración, el gobierno no ha dicho ni una palabra. Su única referencia a la fecha sigue siendo el «lapso que establece la Constitución» de Jorge Rodríguez: leído literalmente, 2030. Rubio advirtió que habrá problemas si se sabotea el proceso, pero hasta ahora nadie sabe cuáles serían las consecuencias y si Trump tendrá capacidad y disposición para ejercerlas después de las elecciones de medio término. Una hoja de ruta anunciada unilateralmente y sin consecuencias explícitas, es un pronóstico, no un compromiso o una amenaza que obliga a avanzar por coerción.

¿Quién gana tiempo?

Digámoslo sin rodeos: esta negociación depende, en lo esencial, de la presión de Washington, financiera y militar, y nadie sabe si esa presión seguirá siendo posible después de las elecciones del 3 de noviembre. Dónde termine y qué produzca dependerá mucho más de las prioridades y decisiones de Washington que de lo que acuerden gobierno y oposición. El objetivo del gobierno es el de siempre: ganar tiempo hasta que pase la crisis, como en 2019 y 2020, cuando negoció en Oslo y Barbados en el pico de la presión, se levantó de la mesa ese mes de agosto y esperó a que la coyuntura cambiara.

La democratización de Venezuela parece una causa bipartidista en Washington, y una Cámara de mayoría demócrata, según Bloomberg, aumentaría el escrutinio del acuerdo petrolero. Pero la presión descansa sobre dos pilares, y un Congreso demócrata podría reforzar uno y debilitar el otro. La condicionalidad financiera —licencias, cuentas, transparencia— podría endurecerse; la amenaza militar, la que sentó al gobierno a la mesa, difícilmente. Los demócratas no han sido partidarios de usar la fuerza en Venezuela: el 8 de enero, cinco días después de la captura de Maduro, el Senado avanzó, con sus votos y los de cinco republicanos, una resolución para exigir autorización del Congreso ante nuevas acciones militares. Si en Miraflores se lee el 3 de noviembre como el fin de la amenaza creíble, volveremos a la negociación asimétrica de siempre.

Si el desenlace depende de Washington, la pregunta que ya no podemos eludir es otra: ¿usa también Washington la negociación como válvula frente a la presión política que recibe por Venezuela, mientras el régimen compra tiempo otorgando cualquier contrato o concesión que Washington demande? La opacidad alimenta la sospecha en ambas capitales. Según ProPublica, el acuerdo con Nabep, firmado el 30 de agosto por Rubio y Pete Hegseth, prevé que el gobierno estadounidense adquiera el 35% de la empresa a través de una matriz en Barbados cuyos propietarios no se divulgan; le permite comprar el 20% de la producción a 30 dólares el barril, y no asegura los 200.000 millones en regalías e impuestos anunciados. La auditoría de KPMG sobre el manejo de los ingresos petroleros no se publicó en la fecha prevista. Ricardo Hausmann lo llamó «una coalición de dos cleptocracias».

No es una conclusión, sino una hipótesis por probar. Un garante accionista es creíble en su compromiso con la estabilidad, de la que depende su inversión, y menos en el de la alternancia, que podría ponerla en riesgo si no cumple con los extremos de ley. Que la hoja de ruta llegara una semana antes del 3 de noviembre y un día después del regreso de Machado es compatible con ambas lecturas: un compromiso real o una válvula oportuna.

Machado en casa: la presión que no depende de Washington

Hay, sin embargo, una variable que no depende de Washington y que puede cambiar sus cálculos: la presión interna. Con Machado en el país, la oposición recupera instrumentos que la mesa no tiene: un liderazgo con el mayor respaldo medido, capacidad de convocatoria y una agenda que ya comparten actores muy distintos. La marcha del 22 de octubre fue, según Reuters, la primera protesta opositora nacional en casi dos años; el 28, sindicatos, jubilados y familiares de presos marcharon hacia Miraflores pidiendo elecciones e indulto; los trabajadores de la CVG añadieron «garantías políticas» a su reclamo salarial, y la Conferencia Episcopal pidió un CNE imparcial y el fin de las inhabilitaciones. El gobierno ha respondido con contención, no con represión: sabe que la calle reprimir tiene costos también para quien el garante que tutela, y a quien no se le quiere disgustar.

La calle no puede fijar el calendario por sí sola, pero puede hacer dos cosas que la mesa no puede. Puede elevar el costo de sostener el statu quo, que es lo que, según Zartman, hace madurar una negociación. Y puede quitarle a Washington la opción de conformarse con la estabilidad: un garante que ve a la líder con mayor respaldo convocando en las calles tiene menos margen para aceptar una elección administrada. Para que esa presión pese, debe sumar y no dividir. El gobierno ya eligió interlocutor —Delcy Rodríguez recibió por primera vez a Dinorah Figuera en Miraflores mientras estigmatizaba la marcha— y entre las dos vías opositoras se abrió una cuña de fecha: Figuera habló de finales de 2027 o comienzos de 2028, y Juan Pablo Guanipa, miembro de su mismo partido, la rechazó. La hoja de ruta de Washington, con elección en 2027 y un árbitro sin poder sobre las candidaturas, ofrece el terreno común. Calle y mesa no son alternativas: la mesa sin calle se administra; la calle sin mesa se contiene con represión (si el garante lo autoriza…).

Lo que decidirá noviembre

Los indicadores tienen fecha: el 3 de noviembre, las elecciones de medio término; el 5, el vencimiento de la licencia que protege a Citgo, que puede renovarse sin condiciones o con la primera condición escrita; el 11, el cierre de las postulaciones, que dirá si los miembros del Comité acceden a todos los expedientes y si el baremo se publica antes de elegir; y entre el 11 y el 15, el cuarto ciclo, que dirá si el gobierno suscribe en público la vacante y si las dos vías opositoras llegan con un mismo criterio de fecha.

Washington ha dibujado el camino, pero el primer paso sigue en Miraflores. Un plan cuyo arranque depende de la voluntad de quien debe dejar el poder no es todavía una transición; es una invitación. Lo que la convierte en obligación es lo mismo que sentó al gobierno a la mesa en enero: que rechazarla cueste más que aceptarla. Y ese costo ya no lo fija solo Washington; también lo fija la calle.

BENIGNO ALARCÓN.

viernes, 30 de octubre de 2026

VENEZUELA EL PAÍS VASALLO


 


VENEZUELA PAÍS VASALLO.


La Sombra del Vasallaje:

 Crónica de un Saqueo Anunciado.


​La imagen expresa una sola y dolorosa lectura: la representación de Venezuela como un país vasallo. En el centro de esta narrativa se entrelazan la desolación humana, la voracidad imperial y la complicidad política.


​1. El Monstruo Devorador y la Identidad Desgarrada.


​En la ilustración, una criatura monstruosa con la textura y los colores de la bandera de los Estados Unidos devora y reduce a cenizas los símbolos patrios representados en la bandera de Venezuela. Este acto visual refleja con crudeza  una intervención implacable: el despojo sistemático de los recursos y la soberanía nacional convertidos en botín de guerra tal como con la soberbia y descarada burla lo expresa Donald Trump. 

El tricolor patrio no solo es absorbido, sino calcinado, simbolizando la pérdida de la autodeterminación.  


​2. La Soledad del Pueblo y el Doble Robo.

​Mientras el Leviatán imperial devora la riqueza energética —a través del saqueo del petróleo y la ironía amarga de operaciones donde los recursos propios terminan vendidos mediante estructuras extranjeras y corporativas como Citgo—, el ciudadano de a pie permanece absorto en la miseria.  

​El hombre sentado sobre una caja de madera, con ropas humildes y la mirada perdida en un entorno de casetas derruidas y pobreza extrema, encarna el costo humano del vasallaje.  

​Es el doble robo: se llevan el petróleo que pertenece a la nación y, al mismo tiempo, condenan al habitante a la indigencia en su propia tierra.


​3. La Servidumbre y los Ecos de la Historia.


EL PAÍS VASALLO.

Los gringos con su intervención en Venezuela  saquearon el petróleo como su botín de guerra, tal como hasta ayer lo hacían los Chinos y Cubanos

 hoy se llevan un millón de barriles de petróleo gratis y se lo venden a Citgo,( en manos de la oposición negociadora) empresa venezolana de refinación de petróleo ....el robo es doble.....y qué pasó con el sentimiento patriótico, la conciencia soberanista de los venezolanos.... hoy los interinos de la dictadura y los opositores aplauden el saqueo, son solo miserables lacayos que venden su patria por las golosinas de poder que el coloniaje pueda entregarles por sus servicios de servidumbre......convirtieron a Venezuela en país vasallo.....534 años de tanta ignominia no bastan ?


  El verdadero vasallaje no solo se gesta desde afuera con la voracidad de la intervención extranjera que traga los recursos de la nación, sino desde adentro, con la indiferencia y complicidad de élites que reducen la patria a cenizas mientras el pueblo, solitario y marginado, contempla las ruinas de su propia soberanía.


30/10/2026

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miércoles, 28 de octubre de 2026

MARÍA CORINA LLEGÓ Y AHORA QUÉ..

 


MARÍA CORINA LLEGÓ: ¿Y AHORA QUÉ?

​El tablero político venezolano está condicionado por un profundo tutelaje extranjero que limita cualquier margen de maniobra autónoma. Ante el descomunal saqueo de los recursos energéticos y mineros, la mayoría de los factores políticos venezolanos —tanto oficialistas como opositores— guardan una sumisión inocultable, evitando cualquier discurso genuino de soberanía, defensa de los intereses nacionales o autodeterminación. En este contexto, la pugna por el poder interno suele reducirse a un concurso para demostrarle a Washington quién garantiza de mejor manera su dominio neocolonial.

​Este escenario responde a dos factores transversales determinantes. Por un lado, el factor estructural: el control geopolítico y económico que ejerce Estados Unidos sobre el país y sus actores políticos. Por el otro, el factor condicionante: la necesidad de estabilidad para asegurar los suministros energéticos y mantener a Venezuela bajo una órbita de influencia directa. Bajo esta lógica, los centros de poder norteamericanos evalúan la dinámica interna en tiempo real. La llegada de María Corina Machado mueve las piezas y acelera posibles decisiones políticas o electorales, evidenciando que la sensación de estabilidad que el régimen anterior ofrecía a Washington ha caducado.

​La hoja de ruta planteada recientemente por el Departamento de Estado —que contempla el nombramiento de un nuevo TSJ y CNE, la declaratoria de ausencia absoluta de Nicolás Maduro y la convocatoria a elecciones presidenciales en un plazo de seis meses— sugiere que la presencia de Machado ha comenzado a incidir en la planificación estratégica internacional. Es probable que Washington asuma que, para sostener su influencia con garantías a largo plazo, es indispensable avanzar hacia una transición política, aun cuando persistan graves crisis económicas, institucionales y de servicios. Para sus intereses, resulta más rentable gobernar estas crisis con un liderazgo legítimo que con una cúpula desgastada, aplicando el pragmatismo de que lo importante es asegurar los resultados.

​Sin embargo, para que este liderazgo logre trascender y participar activamente en unas decisiones que hasta ahora dictaba unilateralmente la diplomacia estadounidense y las cúpulas negociadoras, se requiere una agenda de acción interna muy precisa. Entre las tareas más urgentes destacan:

  • ​Fortalecer a las organizaciones políticas aliadas.
  • ​Movilizar y dar organicidad a la sociedad civil para canalizar el descontento.
  • ​Construir una unidad amplia, inclusiva y libre de sectarismos o soberbia partidista.
  • ​Clarificar ante la ciudadanía la propuesta económica y social para abordar los problemas estructurales del país, así como definir una postura clara frente a los convenios energéticos e internacionales.

​En definitiva, la combinación de organización, movilización social y negociación será la clave para influir de manera significativa en el futuro nacional. La llegada de Machado eleva legítimamente las expectativas y la esperanza de una población golpeada por la pobreza; no obstante, la falta de resultados concretos a mediano plazo podría erosionar tanto esa confianza como su propio capital político.

​Hoy es posible afirmar que la transición ha comenzado: un régimen que se resiste a expirar frente a una alternativa que brega por nacer. El éxito de este proceso hacia una democracia plena dependerá de la integración activa de toda la ciudadanía. Si la transición se reduce a un pacto exclusivo entre cúpulas, el resultado será una simple transacción superficial en lugar de un cambio real de régimen.

​Quedan, por tanto, interrogantes cruciales por responder: ¿Continuaremos bajo un férreo tutelaje extranjero o lograremos una relación de aliados soberanos y respetuosos? ¿Se mantendrá el modelo extractivista impuesto o se diseñará un plan propio de desarrollo económico? ¿Nos encamina esta transición hacia una democracia libre de dominaciones o hacia un protectorado con fachada democrática? El tiempo y las acciones de los actores políticos darán las respuestas.


28/10/2026.


viernes, 23 de octubre de 2026

VENEZUELA: LA TRANSICIÓN EN ANAMORFOSIS



​LA TRANSICIÓN EN ANAMORFOSIS: DE LA MEMORIA DE 1958 A LA REALPOLITIK IMPERIAL EN LA VENEZUELA CONTEMPORÁNEA

​INTRODUCCIÓN

​El análisis de las transiciones políticas requiere despojarse de lecturas lineales e ingenuas para aplicar el concepto filosófico de Aletheia: desvelar la realidad despojándola de la retórica aparente. Al contrastar el hito histórico de la transición democrática de 1958 con la dinámica política actual de Venezuela tras los acontecimientos de 2024–2026, queda al descubierto una profunda mutación en la naturaleza del poder, la soberanía y los actores involucrados.

​1. EL PROCESO HISTÓRICO DE 1958: GÉNESIS Y REINSTITUCIONALIZACIÓN

​La caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 inauguró el periodo de democratización más estable de la historia venezolana. Este proceso se caracterizó por su carácter eminentemente endógeno, civil y pactado:

  • ​Unificación de élites y el Pacto de Puntofijo (octubre de 1958): Aprendiendo de los errores del Trienio Adeco (1945–1948), las principales fuerzas políticas (AD, COPEI, URD) acordaron un programa mínimo de gobierno, el respeto a los resultados electorales y la defensa conjunta del sistema democrático.
  • ​Tiempos de la transición: El periodo crítico de transición inmediata duró 14 meses (hasta la toma de posesión de Rómulo Betancourt en febrero de 1959). No obstante, la consolidación e institucionalización del régimen democrático tomó una década, blindándose mediante la Constitución de 1961 y la contención del estamento militar rebelde y la insurgencia armada.
  • ​El Petro-Estado como pacificador: La renta petrolera fue canalizada para financiar el desarrollo, articular la paz social y subsidiar los acuerdos entre sindicatos, el empresariado (FEDECÁMARAS) y los partidos políticos.

​2. EL FALSO MITO DE LA POLARIZACIÓN Y EL GRAN CONSENSO NACIONAL (2024–2026)

​Frente a las lecturas tradicionales que diagnostican una «polarización ideológica» en la Venezuela actual, la evidencia sociopolítica demuestra lo contrario: en el plano social y electoral no existe polarización, sino un abrumador Gran Consenso Nacional por el cambio de sistema.

​La elección presidencial del 28 de julio de 2024 confirmó la existencia de una clara e indiscutible mayoría ciudadana que apostó por la vía democrática y el quiebre del régimen autoritario. Por tanto, la parálisis del proceso de transición no responde a un país dividido en dos mitades simétricas, sino al desbalance entre la voluntad popular mayoritaria y el control de los mecanismos coercitivos del Estado.

​3. LOS OBSTÁCULOS ESTRUCTURALES Y LA NATURALEZA DE LAS FUERZAS ARMADAS

​El estancamiento de la transición democrática se explica a través de la reconfiguración de los factores de fuerza e interés:

  1. ​La Fuerza Armada como Corporación Económico-Militar:
    • ​La FANB abandonó su rol constitucional para transformarse en un entramado de cooptación económica y control político. No obstante, las Fuerzas Armadas no son una entidad monolítica: la victoria opositora en los centros de votación ubicados en guarniciones e instituciones militares el 28J demostró que la tropa y los mandos medios comparten el anhelo de cambio de la sociedad.
    • ​El freno coercitivo radica exclusivamente en la alta cúpula militar, orientada a la preservación de sus intereses corporativos. La ausencia de respuesta armada o activación defensiva ante acontecimientos de fuerza mayor (como los ocurridos el 3 de enero de 2026) puso de manifiesto la inoperancia militar convencional del estamento y su enfoque exclusivo en la supervivencia política.
  2. ​El "Dilema del Costo de Salida":
    • ​Para la cúpula gobernante, la pérdida del poder no implica la alternancia democrática hacia la oposición, sino el riesgo inminente de persecución judicial e internacional. Este elevado costo de salida incentiva la retención del control institucional y coercitivo a cualquier precio, aun a costa de perder toda legitimidad de origen y desempeño.

​4. LA ANATOMÍA DE LAS OPOSICIONES Y LA PULSEADA TRIPARTITA POR EL PODER

​Lejos de conformar un bloque homogéneo, el sector democrático venezolano se encuentra profundamente fragmentado en sus intereses, métodos y visiones de país:

Sector Político

Integrantes / Liderazgo

Estrategia y Objetivos

Oposición Mayoritaria y Popular

María Corina Machado, Vente Venezuela y la alianza AVE.

Fundamentada en la legitimidad de origen (28J) y el respaldo ciudadano masivo. Su estrategia pasa por la movilización popular y la presión de calle para forzar elecciones libres y romper los condicionamientos externos.

Oposición Negociadora

Primero Justicia (PJ), Voluntad Popular (VP), Un Nuevo Tiempo (UNT).

Carece de respaldo de masas, pero opera como interlocutora potable ante la política exterior estadounidense. Busca administrar una transición por fases para desgastar el liderazgo de MCM y asegurar cuotas de poder en un eventual acuerdo de cohabitación.

Oposición del Centro Político y Sectores Locales

Enrique Márquez, Antonio Ecarri, Henri Falcón, liderazgos regionales y municipales.

Mantienen una postura pragmática de coexistencia institucional y negociación táctica frente al régimen y la comunidad internacional.

5. EL TUTELAJE DE WASHINGTON: ¿TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA O TRANSACCIÓN ENERGÉTICA?

​En el escenario post-enero de 2026, la dependencia de la dinámica política venezolana respecto a las decisiones de Washington ha alcanzado un grado de subordinación estructural. El factor estadounidense (encabezado por la conducción estratégica del Departamento de Estado) actúa como el árbitro determinante del proceso:

  • ​La paradoja del tutelaje imperial: EE. UU. busca garantizar la estabilidad operativa, la seguridad jurídica y el acceso prioritario a los recursos energéticos e hídricos de Venezuela. Para ello, tiende a favorecer esquemas tutelados y actores locales moldeables antes que liderazgos indóciles con amplia legitimidad popular (como el encarnado por María Corina Machado).
  • ​El riesgo de la "Transacción": Existe el peligro real de que el proceso desemboque en una simple transacción de élites o en un régimen tutelado de libertades restringidas que garantice el flujo petrolero y financiero, pero dilate indefinidamente la restauración plena de la soberanía popular y la institucionalidad democrática.
  • ​La crisis de la idea republicana: La sumisión generalizada de la clase política ante el arbitraje extranjero evidencia una erosión del sentido de patriotismo y soberanía nacional, contrastando críticamente con la postura de los líderes civiles de 1958, quienes preservaron un proyecto de país autónomo.

​CONCLUSIÓN Y PERSPECTIVA DIPLOMÁTICA / SOCIAL

​El escenario político venezolano se configura como un pulso de tres bandas:

  1. ​Estados Unidos, procurando imponer una transición/transacción pragmática que asegure sus intereses geoeconómicos.
  2. ​La Oposición Negociadora, buscando posicionarse dentro del diseño de Washington como administradora del poder sin someterse al arbitraje popular de las urnas.
  3. ​El Movimiento Popular y María Corina Machado, apostando a la movilización de la mayoría social para encarecer la gobernabilidad de cualquier acuerdo de cúpulas y exigir el cumplimiento de la voluntad democrática expresada el 28 de julio.

​El dilema de fondo radica en si la sociedad civil venezolana conservará la energía política y la capacidad de resistencia para respaldar la exigencia de una transición democrática real, o si el agotamiento socioeconómico terminará imponiendo la aceptación resignada de una transacción tutelada desde el exterior.

 

Este breve texto fue producido el 23 de octubre de 2026 por @elkabudari y Géminis.

 

 


jueves, 24 de septiembre de 2026

LA FRAGILIDAD DEL ACUERDO PETROLERO. ( REVISTA SIC ).


 

La fragilidad del Acuerdo Petrolero:Inversión,institucionalidad y la reconstrucción económica de Venezuela

La fragilidad del Acuerdo Petrolero:Inversión,institucionalidad y la reconstrucción económica de Venezuela

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Por Carlos Torrealba

septiembre 13, 2026

  1. El punto de partida: ¿Por qué necesitamos inversión y con quién?

​Venezuela se encuentra en un momento decisivo de su historia económica. Para reactivar el país, recuperar los servicios públicos y generar empleo, se necesitan inversiones gigantescas. Tras años de parálisis, falta de mantenimiento y deterioro de las instalaciones, la industria petrolera sigue siendo la principal palanca para financiar nuestra reconstrucción y abrir paso a una economía moderna y diversificada. 

​Por razones operativas y geográficas, Estados Unidos es el comprador natural del petróleo venezolano. Las refinerías del Golfo de México fueron diseñadas técnicamente para procesar el crudo pesado y extrapesado que sale de nuestro suelo. Por lo tanto, restablecer un comercio fluido y estable entre ambos países no es un asunto en discusión; es una necesidad lógica para ambas partes. 

​Sin embargo, el Acuerdo Petrolero anunciado a finales de agosto de 2026 entre la Casa Blanca y las autoridades interinas de Venezuela plantea serias dudas sobre su estabilidad en el tiempo. La razón de fondo es muy sencilla: los grandes capitales de las empresas internacionales no invierten -ni mantendrán su dinero- en países que no ofrezcan reglas de juego claras, transparentes y duraderas que protejan su patrimonio.

​Este artículo analiza en detalle qué propone realmente ese acuerdo, cuáles son sus debilidades económicas y técnicas, y por qué un pacto construido sobre la prisa política corre el riesgo de convertirse en un arreglo pasajero y desfavorable, en lugar de ser el motor de la recuperación nacional. 

  • ¿Qué establece el Acuerdo de Agosto de 2026 y qué nos promete?

​El esquema firmado en agosto propone cambiar radicalmente la forma en que hemos manejado el petróleo en Venezuela. En lugar del monopolio del Estado, se busca otorgar la gestión a un operador privado controlado bajo tutela externa. 

​La pieza central de este modelo es una empresa privada llamada North American Blue Energy Partners (NABEP), a la que se le asigna el desarrollo y la transferencia de derechos sobre 17 campos petroleros estratégicos. Estos campos contienen una riqueza inmensa: aproximadamente 65.000 millones de barriles de reservas probadas bajo tierra. 

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En el papel, las metas del acuerdo son muy ambiciosas: 

  • ​En primer lugar, proyecta una intención de inversión que podría alcanzar hasta los 100.000 millones de dólares para reparar infraestructura y pozos.
  • En segundo lugar, busca llevar la producción de petróleo hasta los 1,5 millones de barriles diarios en el mediano y largo plazo. En tercer lugar, las estimaciones oficiales afirman que el Estado venezolano podría recaudar hasta 200.000 millones de dólares en impuestos y regalías durante un período de 25 años. 

​A primera vista, estas cifras suenan rescatables para la economía nacional. Sin embargo, cuando se examina la letra pequeña del contrato, aparecen serias asimetrías que comprometen los ingresos del país. 

  • La letra pequeña: Desventajas comerciales e ingresos sacrificados

​La viabilidad económica de cualquier contrato petrolero depende de cómo se vende el producto y quién se queda con la ganancia. En este aspecto, las condiciones pactadas resultan desfavorables para Venezuela en dos puntos clave: 

​El primer punto crítico es la venta a costo. El acuerdo establece que el Departamento de Estado de los Estados Unidos tiene el derecho de comprar el 20% de todo el petróleo producido a precio de costo de producción. Esto significa que, sobre una quinta parte de todo el crudo extraído, Venezuela no obtendrá ninguna ganancia comercial. Si bien esto representa un gran beneficio de abastecimiento barato para Washington, le quita al Fisco venezolano una fuente crucial de ingresos marginales. 

​El segundo punto crítico es el derecho de prioridad de compra. El 80% restante de la producción queda reservado con prioridad para abastecer la Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos. Al darle prioridad absoluta a un solo comprador, Venezuela pierde la capacidad de colocar su petróleo en el mercado internacional mediante licitaciones abiertas que permitan vender al mejor postor. Al limitar la competencia entre compradores, se pierde poder para negociar mejores precios. 

​A todo esto se suma la realidad de las instalaciones: los campos petroleros recibidos están profundamente deteriorados. Antes de ver ganancias reales, la operación exigirá gastar sumas multimillonarias en reparaciones urgentes, lo que postergará la llegada de beneficios económicos sustanciales para las arcas públicas.

  • Control corporativo, geopolítica y el cambio de rol en PDVSA

​El Acuerdo de Agosto va mucho más allá de un simple contrato de compra y venta de petróleo; se trata de una estructura donde el control operativo y directivo queda concentrado en manos extranjeras. 

​Dentro de la estructura directiva de la empresa operadora (NABEP), la agencia gubernamental estadounidense Office of Strategic Capital tendrá la facultad de vetar nombramientos clave en la junta directiva. Además, se exige que la mayoría de los directores sean ciudadanos estadounidenses, se establece un 35% de participación accionaria de la matriz y se estipula que cualquier disputa legal se resolverá en tribunales de Estados Unidos. 

​En el plano geopolítico, el objetivo del pacto es evidente: desplazar a las empresas de países como China, Rusia e Irán que habían ganado espacio en los últimos años. Con este acuerdo, Estados Unidos se posiciona como el actor financiero, tecnológico y comercial dominante en el sector energético venezolano. Sin embargo, el traspaso de los 14 nuevos contratos asumidos bajo la plataforma de NABEP abre la puerta a reclamos y pleitos judiciales internacionales por parte de las empresas desplazadas o acreedores con deudas pendientes. 

​Frente a esta nueva arquitectura, el papel de Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA) sufre una transformación profunda: Tradicionalmente, PDVSA operaba como un monopolio que decidía dónde invertir, qué campos explotar y a quién venderle. Con el nuevo esquema, pasa a ser un socio minoritario y un ente administrativo. Su función queda reducida a mantener formalmente la propiedad del subsuelo, tramitar permisos y recibir de forma pasiva la parte de los impuestos que le corresponda, dependiendo siempre de las auditorías de costos que presente la empresa privada estadounidense.

  • Los obstáculos técnicos en el terreno y el problema de las reglas de juego

​Llegar a la meta de producir 1,5 millones de barriles diarios no es un problema de promesas firmadas, sino de realidades en el terreno. La industria petrolera venezolana enfrenta hoy cuellos de botella técnicos de enorme magnitud: 

  • ​En primer lugar, el sistema eléctrico nacional y las instalaciones de los puertos están severamente deteriorados, lo que impide mover y exportar grandes volúmenes de petróleo de forma rápida.
  • En segundo lugar, existe una escasez crítica de equipos especializados, como taladros de perforación y maquinaria de mantenimiento, sumada a la pérdida de personal técnico calificado. 
  • ​En tercer lugar está el problema de los diluyentes. El petróleo de la Faja del Orinoco es muy espeso y pesado; para poder moverlo por las tuberías y procesarlo, se requiere mezclarlo constantemente con productos más livianos, como la nafta. Sin una importación continua y garantizada de estos diluyentes, la producción masiva se detiene por completo. 

​El contraste con otras regiones y las dudas legales

​Para entender la fragilidad del acuerdo, resulta útil comparar nuestra situación con la del mundo árabe. Países como las monarquías del Golfo Pérsico no tienen sistemas democráticos ni elecciones competitivas. Sin embargo, poseen una continuidad institucional total. El Estado y la familia gobernante operan como una sola entidad, ofreciendo un entorno contractual seguro y predecible. El inversionista extranjero sabe que los contratos se respetarán y que las disputas se resolverán en tribunales arbitrales internacionales blindados de los vaivenes políticos.

​Venezuela, lamentablemente, no ofrece hoy ni una democracia plenamente consolidada ni reglas contractuales claras, sumergiéndose en una inestabilidad que ahuyenta a las empresas serias de largo plazo. 

​Además, el acuerdo firmado plantea serios dilemas constitucionales:

​El Artículo 12 de nuestra Constitución establece que los yacimientos de hidrocarburos son bienes del dominio público, inalienables e imprescriptibles. Por su parte, el Artículo 303 resguarda el control del Estado sobre la casa matriz de PDVSA. Entregar el control de la producción y la comercialización exclusiva a entidades privadas extranjeras genera un choque directo con las leyes venezolanas. 

​Asimismo, existen contradicciones evidentes en los plazos: mientras voceros en Washington hablan de concesiones de hasta 100 años, las autoridades locales mencionan plazos de 25 años. Tampoco se han hecho públicos los textos completos de los contratos, los mecanismos de revisión de costos ni las fórmulas exactas de impuestos. Finalmente, el esquema depende de licencias temporales emitidas por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) de Estados Unidos, las cuales pueden ser modificadas o anuladas en cualquier momento según los giros políticos en Washington.

  • El cálculo político de Washington y las perspectivas a futuro

​El diseño de este pacto evidencia una mirada de corto alcance por parte de la política exterior estadounidense. La Casa Blanca ha buscado anotarse un logro rápido en materia energética para compensar problemas internacionales y fortalecer su posición política de cara a las elecciones legislativas de medio término de este mes de noviembre, donde arriesga escaños clave en el Congreso. 

​Las grandes corporaciones petroleras del mundo conocen bien estas dinámicas. Salvo excepciones puntuales como Chevron -que prevé invertir más de 7.000 millones de dólares para elevar su producción a 600.000 barriles diarios apoyándose en su presencia previa-, la mayoría de los inversionistas serios sabe que un acuerdo firmado en condiciones de debilidad e inestabilidad será revisado o modificado cuando el país recupere su cauce democrático. 

​Al evaluar las posibilidades de éxito de este acuerdo en el tiempo, el panorama se divide claramente: 

  • ​En el corto plazo (de 6 a 24 meses), las probabilidades de éxito son moderadas o bajas. Se podrá lograr alguna estabilización en pozos activos, pero la falta de electricidad, equipos, licencias estables y diluyentes frenará un crecimiento significativo.
  • ​En el mediano plazo (de 2 a 5 años), la probabilidad de avance es moderada, dependiendo de si se ejecutan inversiones reales en infraestructura y se logra un marco legal más sólido. 
  • ​En el largo plazo (de 5 a 25 años), la viabilidad del acuerdo es altamente incierta. Ningún proyecto petrolero de un cuarto de siglo puede sostenerse sin la validación de un gobierno legítimo, respaldado por la voluntad popular y con contratos transparentes.
  • Conclusión: Las bases para una verdadera recuperación

​El Acuerdo Petrolero de Agosto de 2026 no debe medirse por anuncios de prensa ni por números impresos en un papel. Su verdadero valor debe juzgarse por resultados concretos: barriles adicionales saliendo efectivamente de los puertos, inversiones reales ejecutadas en el país, suministro garantizado de diluyentes, ingresos transparentes para el Estado y protección del medio ambiente. Tener petróleo bajo tierra no sirve de nada si no se puede extraer de manera eficiente, justa y rentable. 

​Para que el petróleo vuelva a ser una bendición y el motor del desarrollo nacional, la política energética de Venezuela debe sostenerse sobre tres pilares fundamentales:

​El primer pilar es la seguridad jurídica y las reglas claras. Necesitamos leyes estables que protejan la inversión privada sin renunciar a nuestra soberanía ni violar la Constitución. 

​El segundo pilar es la transparencia y la auditoría. Todos los contratos, ventas y costos deben ser públicos y fiscalizados, garantizando que la renta petrolera beneficie equitativamente a todos los venezolanos. 

​El tercer pilar es la legitimidad democrática. Los acuerdos a largo plazo deben ser respaldados e instituidos por autoridades electas democráticamente, garantizando el reconocimiento y el blindaje internacional que solo da la soberanía popular. 

​Venezuela dejará atrás esta etapa de fragilidad. Cuando recobremos plenamente la normalidad institucional, el país volverá a negociar de forma soberana con Estados Unidos y con el resto del mundo. Lo haremos en igualdad de condiciones, bajo el principio del respeto mutuo y buscando acuerdos de ganar-ganar que aseguren el bienestar de nuestra gente y la protección de nuestro patrimonio.

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Carlos Torrealba

Economista. Secretario Ejecutivo de la Fundación Plan Estratégico de Caracas | @carlostorrealbarangel.

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