miércoles, 9 de julio de 2014

DESIGUALDAD Y DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA.

Desigualdad y Democracia en América Latina

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Joan Prats(†)
Académico y Consultor Internacional
El profesor Prats, en este artículo del año 2004, denunciaba la progresiva desigualdad en América Latina, señalando la necesidad del compromiso de la clase política para corregirla. sin embargo, diez años después, la desigualdad ha aumentado en gran parte del mundo.
Forjada en tres largos siglos de historia colonial, la desigualdad en América Latina se revela hoy extrema y persistente. Tomemos primero la desigualdad en el ingreso. El decil superior e inferior reciben en promedio en América Latina un 48% y un 1,6 %respectivamente del ingreso total. En los países desarrollados estos promedios son del 29% y del 2,5%. América Latina es la región más desigual del mundo. Su país más igualitario, Uruguay, es más desigual que cualquier país desarrollado o de Europa del este. La desigualdad en el ingreso tiende, además, a beneficiar al 1 %más rico y, comparada internacionalmente, resulta que sólo el primer y segundo decil participan por encima de la media mundial; a partir del tercer decil todos los latinoamericanos están porcentualmente por debajo de los promedios mundiales. En otras palabras, las clases medias son comparativamente menores y más pobres. A partir de la segunda mitad de los noventa se registra un empobrecimiento general de las clases medias que no excluye al segundo decil más privilegiado.
Las desigualdades también se dan en el acceso a los bienes y servicios básicos. En México, por ejemplo, el quintil inferior de la población accede a 3,5 años de escolarización mientras que el quintil superior lo hace a 11,5 años. Ello no incluye las desigualdades derivadas de la desigual calidad de la educación pública y privada ni las desigualdades por razones étnicas, raciales o de genero. En materia de salud, los niños brasileños del quintil inferior tienen tres veces más probabilidades de morir antes de los cinco años que los niños del quintil superior. En las habitaciones del quintil más pobre viven 4,5 personas mientras que en las del quintil más rico viven 1,6 personas. El mapa de las desigualdades se extiende asimismo a las probabilidades de acceder al agua potable, el saneamiento básico, la electricidad, la telefonía, los derechos de propiedad seguros, la justicia y la administración pública, la seguridad social y el empleo …
Hay que remarcar que esta desigualdad generalizada y extrema resulta muy persistente en el tiempo. De los datos disponibles se deduce que en el último medio siglo, tras haber experimentado los más diversos regímenes políticos y modelos de crecimiento, América Latina se ha hecho más desigual de lo que era en los setenta y probablemente más desigual de lo que era en los cincuenta. Incluso los países que como Chile parecen haber encontrado el camino del crecimiento apenas consiguen reducir su extrema desigualdad.
Todo esto no es sólo moralmente reprobable. Además: (1) es percibido como injusto, como una auténtica “brecha de la vergüenza”, por más del 85% de los latinoamericanos; (2) hace más difícil la reducción de la pobreza; (3) tiene consecuencias negativas sobre el crecimiento económico y el desarrollo en general, y (4) determina graves desigualdades en la participación e influencia política y deteriora con ello la democracia.
Nuestra hipótesis desde hace mucho viene siendo que la desigualdad se produce y reproduce en la institucionalidad mayormente informal característica de casi todos los países latinoamericanos. Son las instituciones las que organizan la interacción entre los activos económicos, las oportunidades, las fuerzas políticas y los procesos socioculturales. Si vemos los procesos económicos como una cadena que vincula a los activos con los mercados, los hogares y los gobiernos, observaremos que estos procesos no se dan en el vacío sino que se encuentran a cada paso mediados por instituciones y que en éstas se halla la fuente de las desigualdades. Como se señala en un excelente informe del Banco Mundial, “la causa de la persistencia de la desigualdad en la región es que la construcción y evolución de las instituciones ha respondido a los intereses y defensa de las elites independientemente del tipo de régimen político o económico del momento”. Quizás sea la institucionalidad del Estado la que mejor refleje todo esto.
Los Estados latinoamericanos, democráticos o no, se han caracterizado por su incapacidad para proveer bienes públicos (seguridad, legalidad, previsión, servicios básicos … ) con carácter universal. Dada la desigualdad existente, a los grupos privilegiados les ha salido más a cuenta o hacer que el Estado les provea sólo a ellos los servicios o procurarse la provisión privada de los mismos. Dado el limitado número de contribuyentes, pagar impuestos para la provisión universal de bienes públicos resulta en exceso gravoso pues los pocos que pagan tendrían que pagar en muchos casos la provisión pública y la privada. La desigualdad socialmente dualizadora y excluyente explica las dificultades de la reforma fiscal en toda América Latina.
En mayor o menor grado, en todos los países las relaciones entre las élites y los grupos más pobres son de naturaleza clientelar, es decir, basadas en el intercambio desigual de beneficios particulares. El clientelismo es una institucionalidad informal sin cuyo conocimiento no se entiende nada. A mayor extensión y peso del clientelismo mayores dificultades existirán para formar alianzas amplias que presionen por bienes públicos universalizados y menores serán los incentivos para que las élites desarrollen las correspondientes capacidades en el Estado. Cuando emergen nuevos actores se intentará incorporarlos a la distribución selectivamente reconociéndoles “derechos especiales”. Así se incentiva el corporativismo de ciertos grupos obreros y campesinos, su incorporación a la estructura formal de un Estado patrimonial, “distributivo” y altamente prebendal. Obviamente todo esto milita contra la ciudadanía universalizada, los partidos políticos programáticos y las políticas capaces de producir desarrollo a la vez que incentiva la captura de rentas, el compinchismo entre el gobierno y las empresas formales -incluidas las transnacionales- y la corrupción.
Los procesos democratizadores iniciados en los ochenta y generalizados en los noventa han sido insuficientes para revertir esta institucionalidad informal de tan larga data. La universalización de la ciudadanía y la construcción de Estados eficaces e inclusivos sigue en gran parte pendiente. Contra lo que superficialmente se indica en un reciente informe del PNUD, no es que la desigualdad y la pobreza dificulten la democracia de ciudadanía. Es que ni siquiera permiten el buen funcionamiento de la democracia electoral pues ésta no se expresa sólo en indicadores formales sino en instituciones informales -clientelismo, patrimonialismo, compinchismo, prebendalismo, corporativismo, corrupción- que producen una realidad democrática electoral problemática y muy distinta a la de los países donde esta informalidad no se da o se da de manera mucho más mitigada. El oficio político es muy diferente según se de o no y en qué grado se de esta informalidad institucional.
La crisis de gobernabilidad democrática que hoy viven tantos países latinoamericanos procede de la incapacidad del sistema político y del Estado para resolver de modo pacífico y duradero el conflicto distributivo. La democratización ha cambiado la estructura y los costos de organización y participación política y con ello ha generado una ampliación del mapa de actores y conflictos. Pero ante la debilidad institucional de los partidos políticos, su crisis de representatividad, su notoria incapacidad programática y su propensión a gestionar clientelarmente los conflictos, las instituciones democráticas tienen grandes dificultades para poner en marcha las políticas que el desarrollo requiere.
La política y los partidos políticos se han convertido así en el corazón del problema y de la solución. No nos valen los que tenemos y, sin embargo, los necesitamos más que nunca. La reforma política se convierte así en la prioridad para el desarrollo y la democracia. Pero no es fácil alterar los equilibrios instalados. Afortunadamente hoy muchos países latinoamericanos están viviendo un tiempo de cambios en las orientaciones políticas y las coaliciones que soportan a los gobiernos. Para que estos procesos superen el riesgo de los neopopulismos y lleguen a doblegar la fuerza de las instituciones informales no bastarán las medidas tradicionales de incremento de participación, transparencia, responsabilidad y capacidad administrativa. Serán necesarias grandes dosis de liderazgo político. Necesitamos hoy más que nunca del oficio y la actividad humanas quizás más desprestigiados: políticos y política.

lunes, 7 de julio de 2014

LA VERDAD DEL SOCIALISMO: DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA.

La verdad del socialismo: Dos caras de la misma moneda

Los cubanos forzosamente deben ser comunistas; o dicho de otra manera: la libertad es la servidumbre (la lógica inversa y diabólica a la que aludía Orwell). En la foto: balseros cubanos huyendo del "mar de la felicidad"..
Los cubanos forzosamente deben ser comunistas; o dicho de otra manera: la libertad es la servidumbre (la lógica inversa y diabólica a la que aludía Orwell). En la foto: balseros cubanos huyendo del “mar de la felicidad”..

La verdad del socialismo: la privatización del poder estatal y la estatización del poder económico[1] (Dos caras de la misma moneda)

Henrique Meier
 / 
Uno de los descomunales engaños del “socialismo real”[2], es decir, el único socialismo auténtico: el aplicado en aquellos países que han sufrido y sufren esa catástrofe política, económica, social, institucional y cultural; humana, en una palabra, es la liquidación del Estado liberal-burgués -un Estado al servicio de la clase propietaria dominante, según la crítica marxista-, para edificar sobre sus ruinas mediante un proceso revolucionario uno nuevo al servicio del pueblo, erradicando las desigualdades de clase y llevando a cabo la justicia social con fundamento en el principio socialista: “a cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”, mientras se alcanza la “Edad de Oro”la sociedad perfecta, el final de la historia, con la definitiva extinción del Estado y las leyes, pues en la sociedad comunista el hombre se habrá reconciliado consigo mismo al suprimirse toda forma de alienación. De ahí que el Estado socialistasustentado en la “dictadura del proletariado” es, en la concepción marxista, una etapa transitoria[3].
La demagógica e ideológica utilización del vocablo pueblo y popular (populismo socialista) se manifiesta en el “Derecho socialista”. Ejemplo emblemático es la Constitución de la República de Cuba en cuyo Artículo 1° se establece:
“Cuba es un Estado socialista de trabajadores, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos, como república unitaria y democrática, para el disfrute de la libertad política, la justicia social, el bienestar individual y colectivo y la solidaridad humana”.
Con fundamento en esa primera “mentira fundamental”, en el Artículo 3 se expresa que la soberanía reside en el pueblo del cual dimana todo el poder del Estado, el cual, según esa falacia, “…es ejercido directamente o por medio de las Asambleas del Poder Popular y demás órganos del Estado que de ellas se derivan…”. En el Artículo 9 se continúa con esa engañifa (La Gran “Mascarada” título de un libro de Jean François Revel[4]) al consagrarse que el Estado “realiza la voluntad del pueblo” y “garantiza la libertad y la dignidad plena del hombre, el disfrute de sus derechos, el ejercicio y cumplimiento de sus deberes y el desarrollo integral de su personalidad”.
Como supuesto “Poder del pueblo” en “servicio del pueblo”, el Estado, según ese mismo artículo constitucional, garantiza:
• “…Que no haya hombre o mujer en condiciones de trabajar, que no tenga oportunidad de obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus propias necesidades”;
• “…Que no haya persona incapacitada para el trabajo que no tenga medios decorosos de subsistencia”;
• “…Que no haya enfermo que no tenga atención médica”;
• “…Que no haya niño que no tenga escuela, alimentación y vestido”;
• “…Que no haya joven que no tenga oportunidad de estudiar”;
• “…Que no haya persona que no tenga acceso al estudio, cultura y el deporte”.
• Además, el Estado del “Pueblo” “trabaja por lograr que no haya familia que no tenga una vivienda confortable”.
Si esa fuese la realidad de Cuba:
• ¿Por qué millones de cubanos han emigrado, muchos exponiendo sus vidas en balsas improvisadas para abandonar el “mar de la felicidad” infectado de tiburones y lograr refugio en el vituperado “Imperio”?
• ¿Por qué tantas trabas para viajar con pasaporte y sin riesgos a otros países?
• ¿Por qué tantos médicos cubanos de la misión “Barrio Adentro” [5] han abandonado Venezuela y solicitado refugio en países donde la larga mano de la dictadura totalitaria cubana no pueda oprimir sus cuerpos, mentes y espíritus?
Podría seguir enumerando artículos de esa Constitución cuya función es esencialmente ideológica: disfrazar la realidad, la terca realidad, contraria a la “Utopía social” que postulan sus normas. Es un hecho público y notorio, salvo para ingenuos, crédulos, fanáticos y cínicos, que el poder en Cuba pertenece a los hermanos Castro; es decir, es de su propiedad o dominio; un poder “cosificado” como era el de los reyes y señores feudales medievales; un poder del cual se usa, se disfruta y se abusa (idea medieval de la propiedad); un poder sin controles y límites institucionales, sociales y jurídicos; en suma, un poder brutal al servicio de las apetencias y ambiciones de esos tiranos tropicales y sus socios menores del Partido Comunista y la “nomenclatura”.
La “privatización” o apropiación del poder por el Partido Único de Estado, el Partido Comunista, y sus jefes indiscutidos, se halla en las antípodas del poder democrático, del “poder en público”, en la acertada expresión deBobbio[6] para indicar el público activo, informado, consciente de sus derechos, que exija la publicidad de las sesiones delParlamento, la rendición periódica de cuentas por parte del Gobierno y la Administración Pública, la existencia de unPoder Judicial autónomo, independiente e imparcial como garantía institucional del control judicial de los actos legislativos y gubernamentales; en suma, la formación de una opinión pública por medio de la libertad de expresión: opinión e información, y por tanto, la existencia de un sistema de órganos de comunicación libres (autónomos) y plurales, la llamada prensa libre, instrumento de control social de las actuaciones estatales[7].
Es conveniente aclarar que el dictador moderno (Hitler, Mussolini, Castro, Chávez) se presenta en “público”, pero el público ante el cual se presenta “…es una multitud anónima, indistinta, llamada a escuchar y aclamar; no a expresar una opinión, sino a cumplir un acto de fe. Ante esa visibilidad meramente exterior del señor de la vida y la muerte de sus propios súbditos debe corresponder la opacidad de las daciones de las cuales dependen la vida y muerte de éstos”[8].
Y es que a las estrategias del poder autocrático “…pertenecen no sólo el no decir, sino también el decir en falso: además del silencio, la mentira. Cuando se ve obligado a hablar, el autócrata puede servirse de la palabra no para manifestar en público sus intenciones reales, sino para esconderlas. Puede hacerlo tanto más impunemente cuanto menores sean los medios que sus súbditos tengan a su disposición para verificar la veracidad de lo dicho”[9].
Respecto de la privatización del poder en Cuba,[10] el brillante escritor e historiador mexicano Enrique Krause relata, a propósito de la relación de Gabriel García Márquez con el octogenario tirano, la profesión absoluta de fe en la Revoluciónencarnada en la heroica figura del comandante, que el futuro Premio Nobel de Literatura (1982) expresara en tres reportajes publicados en 1975 en la revista Alternativa intitulados “Cuba de Cabo a rabo”. En uno de esos reportajes elGabo escribe:
“Cada cubano parece pensar que si un día no quedara más nadie en Cuba, él sólo bajo la dirección de Fidel Castro, podría seguir adelante con la Revolución hasta llevarla a término feliz. Para mí, sin más vueltas, esta comprobación ha sido la experiencia más emocionante y decisiva de toda mi vida”[11].
Con relación a esa aseveración, Krause comenta:
“…en 36 años García Márquez no se ha apartado públicamente de esa visión epifánica. ¿Qué vio, que cualquiera podía ver? Logros tangibles en los servicios de salud y educación (aunque no se preguntó si para alcanzarlos era necesario el mantenimiento de un régimen totalitario). ¿Qué no vio? La presencia de la URSS, salvo como generosa proveedora de petróleo. ¿Qué dijo no haber visto? ‘Privilegios individuales’ (aunque la familia Castro se había adueñado de la isla como patrimonio personal), ‘represión policial y discriminación de ninguna índole’ (aunque desde 1965 se habían creado los campos de concentración para homosexuales, antisociales, religiosos y disidentes, llamados eufemísticamente Unidades Militares de Ayuda a la Producción o UMAP). ¿Qué si vio, finalmente? Lo que quería ver: a cinco millones de cubanos pertenecientes a los Comités de Defensa Revolucionaria no como los ojos y el garrote de la Revolución, sino como su espontánea, multitudinaria y ‘verdadera fuerza’ o más claramente- en palabras de Fidel Castro, citadas con elogio por el propio García Márquez-, ‘un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria para que todo el mundo sepa quién es y qué hace el vecino que vive en la manzana’”[12].
Esa afirmación del déspota habanero nos lleva a la garantía de la libertad y la dignidad plena del hombre y el disfrute de sus derechos (Art. 9, antes citado) desmentidos rotundamente en el propio texto constitucional cubano cuando en su Artículo 62, expresión del típico cinismo comunista, se afirma que ninguna de las libertades reconocidas en esa Constitución puede ser ejercida “…contra la decisión de pueblo cubano de construir el socialismo y el comunismo”siendo punible la infracción de esa disposición, vale decir, cualquier acto que implique disidencia o resistencia frente a esa hipotética decisión del “pueblo cubano” (para controlar y reprimir la más mínima manifestación de disidencia se crearon los Comités de Defensa de la Revolución, o el sistema de espionaje entre vecinos: “para que todo el mundo sepa quién es y que hace el vecino que vive en la manzana”, Fidel dixit).
En esa misma línea de “cinismo constitucional”, se reconoce a los ciudadanos la “libertad” de prensa y palabra, pero ¡Cuidado! “…conforme a los fines de la sociedad socialista” (Art. 53) y la libertad de creación artística “…siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución” (Art. 39. Ch). En una palabra: los cubanos forzosamente deben ser comunistas; o dicho de otra manera: la libertad es la servidumbre (la lógica inversa y diabólica a la que aludía Orwell).
La privatización del poder del Estado-Partido Único, algo que también realizaron a la perfección los genocidas Stalin y Hitler, el Gran Matarife Mao y Mussolini, se complementa con la llamada “socialización de los medios de producción” o la transferencia de la totalidad del poder económico de la sociedad a la esfera del Estado-Partido, que es decir, a manos de los Castro y sus socios menores de la “nomenclatura”.
De esa manera, la propiedad socialista “…de todo el pueblo sobre los medios fundamentales de producción” para lograr “…la supresión de la explotación del hombre por el hombre”(Art. 14), ha servido de disfraz ideológico-jurídico para ocultar, a los ojos de los incautos, que desde hace 55 años los Castro son los auténticos dueños de:
“…las tierras que no pertenecen a los agricultores pequeños o a cooperativas integradas por ellos, el subsuelo, las minas, los recursos naturales tanto vivos como no vivos dentro de la zona marítima de la República, los bosques, las aguas, los medios de comunicación, los centrales azucareros, las fábricas, los medios fundamentales de transporte, y cuantas empresas, bancos e instalaciones han sido nacionalizados y expropiados a los imperialistas, latifundistas y burgueses”, así como de “las fábricas, empresas e instalaciones económicas y centros científicos, sociales, culturales y deportivos construidos, fomentados o adquiridos por el Estado y los que en el futuro construya, fomente o adquiera” (Art. 15).
Para impedir que los bienes que conformaban el poder económico de los “burgueses, latifundistas e imperialistas” en el momento de la conquista del poder político por la “Revolución”, pudieran ser transferidos a sus antiguos y legítimos propietarios o a cualquier “ciudadano”, los “dueños” de la Isla (de la vida y libertad de los cubanos), establecieron en el mencionado Artículo 15 Constitucional la prohibición de transferencia de tales bienes a cualquier persona natural o jurídica, a excepción de que los que autorice el Consejo de Ministros o su Comité Ejecutivo, es decir, los propioshermanos Castro“Estos bienes -los descritos en el Art. 15- no pueden transmitirse en propiedad a personas naturales o jurídicas, salvo los casos excepcionales… previa aprobación del Consejo de Ministros o su Comité Ejecutivo”.
En Venezuela Hugo Chávez Frías (con la complicidad de sus socios de la “secta destructiva”) entre 1999 y 2012, y ahora su sucesor por la gracia del Consejo Nacional Electoral o ministerio de elecciones, Nicolás “el Ilegítimo”, aplicó y pretende continuar imponiendo, respectivamente, ese mismo modelo “socialista” (Plan Patria), con la diferencia de que aquí no ha podido ser liquidada la resistencia de gran parte de la sociedad civil, no obstante el apoyo de la otrora fuerza armada institucional y las “expertas” instrucciones y orientaciones de los sátrapas habaneros, a la neodictadura militarista, corrupta y de vocación totalitaria que usufructa del poder para desgracia de quienes sobrevivimos en medio del caos, la anomia, la inestabilidad y la inseguridad en todos los ámbitos de la vida social.
En efecto, el que se hacía llamar “Comandante-Presidente”, aunque no pudo “derogar” la Constitución de 1999 a fin de sustituirla por una semejante a la cubana, empleando el subterfugio del proyecto de reforma constitucional rechazado por la mayoría de ciudadanos que participamos en el referendo de diciembre de 2007; sin embargo, ello no fue óbice para que violando en forma grotesca la Constitución que él calificara como la mejor y más avanzada del mundo, se apropiara (a imitación del régimen castrista) del poder estatal cual cosa u objeto integrado a su patrimonio personal y familiar, incluyendo, los recursos provenientes de la renta petrolera utilizados conforme a su real gana y capricho (neopatrimonialismo)[13].
Además, no satisfecho con hacerse dueño de PDVSA y sus filiales y de las demás empresas públicas del momento, procedió a “estatizar” mediante expropiaciones y confiscaciones gran parte de los medios de producción de la legítima esfera de la propiedad privada de particulares: fundos y tierras agrícolas y agropecuarias, inmuebles y tierras urbanas, bancos, centros comerciales, empresas industriales y agro-industriales, estaciones de radio y televisión, y hasta comercios de alimentos y bebidas[14].
Chávez Frías y sus acólitos (y ahora el “Ilegítimo” y sus secuaces) con el objetivo de “legitimar” esa privatización, y por ende, la concentración de los poderes económicos y sociales en el líder de la Revolución -siguiendo las instrucciones y el ejemplo de los Castro-, utilizó hábilmente el “mito” del poder popular, del pueblo, del pobre y desgraciado pueblo que hace colas interminables para hacerse de uno o dos pollos cuando hay, o de un pote de leche, dos paquetes de harina pan, cuando hay, arroz, granos, carne vacuna (en definitiva vías de desaparición), aceite, huevos, queso, cuando hay, fármacos indispensables para no morir de una subida de tensión o de un infarto.
Venezuela se ha convertido en estos últimos 15 años, etapa del mayor ingreso público producto de la renta petrolera desde que se inició la era del oro negro: 1914, en el país del “No hay”: comida, fármacos, repuestos para vehículos, papel, papel higiénico, cemento, cabilla, tornillos, clavos, cauchos, etcétera, etcétera, la lista es interminable. Pero, lo que si “hay”, y en abundancia, es corrupción “estatal” y delitos sin delincuentes (impunidad de un 94%): asesinatos, secuestros exprés, robos a mano armada, estafas; delitos contra los derechos humanos: represión de la disidencia, presos políticos, estudiantes torturados, heridos, violados, asesinados[15].
Allí están las leyes y decretos con rango y fuerza de ley del Poder Popular[16], todos absolutamente inconstitucionales, cuyo objetivo, reitero, al igual que la Constitución cubana, es “justificar” en nombre del pueblo y de su poder: el poder popular, esa estafa política y social inaudita, esa farsa grotesca, típica de quienes se apoderan de un país en nombre del socialismo. El resultado es la “fábrica de miseria” a la que conduce ese proceso (Plinio Apuleyo Mendoza, Álvaro Vargas Llosa, Alberto Montaner y su esclarecedor libro[17]).
Pero, los dueños del poder político y económico no hacen cola desde la madrugada para lograr a duras penas medio comer. En sus mesas no falta absolutamente nada, están llenos hasta el hartazgo. Como relata Krause en el libro ya mencionado, mientras el Gabo disfrutaba de exquisitas Langostas a la “Macondo” y Fidel de su “Consomé de tortuga”, paseando en el yate del Jefazo revolucionario, por esos días (década de los 80)
“…la cartilla de racionamiento cubano (vigente desde marzo de 1962) contenía, al mes y por persona, las siguientes delicias: siete libras de arroz y treinta onzas de frijoles, cinco libras de azúcar, media libra de aceite, cuatrocientos gramos de pastas, diez huevos, una libra de pollo congelado, media libra de picadillo condimentado (de pollo), a lo que se pueden sumar como alternativa en el apartado de ‘productos cárnicos’ pescado, mortadela o salchicha”[18].
En fin, ese proceso de privatización del poder estatal y de estatización de los medios productivos privados convergen en un solo objetivo: hacerse dueños del poder político y del poder económico del Estado y la sociedad en nombre de una pretendida revolución para instaurar el “Socialismo” cualquiera sea su calificativo.
Esa es la estrategia esencial para la consolidación de una dictadura totalitaria, ya que la imposibilidad de la alternancia en el poder estatal (democracia) y el empobrecimiento generalizado de la población (en nombre del “pueblo”), constituyen la fórmula idónea para liquidar las libertades y derechos ciudadanos, la autonomía del individuo y la sociedad, para así consolidar el reino de la opresión, la miseria, la desesperanza y la desolación.
Sin embargo, no siempre la implementación de esa estrategia alcanza sus resultados en forma definitiva y total (la política es impredecible). Que lo digan los polacos, los húngaros, los checos y demás pueblos que sufrieron el totalitarismo soviético, hoy liberados del puño de hierro comunista. Pues así como en el hombre mora el miedo y el impulso a la sumisión, a la servidumbretambién en su espíritu está viva la llama de la libertad y la rebeldía. Porque como bien lo expresa Erich Fromm: “Se puede hacer casi cualquier cosa a un hombre, pero sólo casi. La historia de la lucha del hombre por la libertad es la expresión más reveladora de ese principio”[19].

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Referencias:
[1] Dedico este artículo al sufrido pueblo cubano cuya cultura se hizo parte de mi ser: su música, su ritmo Benny Moré y Celia Cruz, la sonora Matancera y aquellos carnavales de los años 60 cuando pude bailar al son de esa magnífica orquesta en el club Casablanca, hoy Hermandad Gallega. Y por su supuesto, a mi propio pueblo del que soy carne y espíritu.
[2] Para algunos intelectuales de la extrema izquierda el socialismo sigue siendo una “utopía redentora” que espera su realización en algún momento del futuro. De esa premisa surge la distinción entre ese modelo formulado por Marx y Engels, el socialismo auténtico, y su distorsión en la realidad, el “socialismo real”, vale decir, los regímenes de poder que han llevado a la práctica los postulados de ese modelo, como fue el caso de la URSS, una sociedad multicultural, multinacional y multiétnica unificada artificiosamente bajo el imperio del terror estaliniano mediante un sistema totalitario, o el caso de Cuba desde hace 55 años. Por esa razón, no es de extrañar el empeño de Chávez Frías de experimentar progresivamente ese fracasado modelo en el país partir de su asunción al poder en 1999. Pareciera que los pueblos no aprenden de las enseñanzas de la historia. Lo cierto es que cada vez que se ha tratado de implantar el socialismo teórico, en la práctica se producen las mismas características nefastas en todos los órdenes de la vida social: destrucción de la economía, extinción de las libertades y derechos humanos, persecución, detención y exterminio de los “enemigos “de la revolución, etc.
[3]Dictadura no del proletariado, sino del jefe de la revolución y del Partido Comunista como partido único de Estado y sus colaborados, esbirros, verdugos y la nomenclatura, la alta burocracia estatal; Dictadura no transitoria, sino permanente hasta el derrumbe final del sistema, pues no hay mal que dure cien años.
[4] En su libro “La Gran Mascarada”, Revel nos dice: “En toda sociedad, incluidas las sociedades democráticas, hay una proporción importante de hombres y mujeres que odian la libertad —y, por tanto, la verdad—. La aspiración a vivir en un sistema tiránico, ya sea para ser partícipe del ejercicio de dicha tiranía, ya sea, lo que es más curioso, para sufrirla, es algo sin lo cual no se explica el surgimiento y la duración de los regímenes totalitarios en el seno de los países más civilizados, como Alemania, Italia, China o la Rusia de comienzos del siglo XX…  La genialidad del comunismo ha residido en autorizar la destrucción de la libertad en nombre de la libertad… en nombre de una argumentación progresista”. Taurus. Madrid. 2000.
[5] En vías de desaparición.
[6] Bobbio, Norberto. Teoría Política. Trotta. España 1999.
[7] El verdadero control social espontáneo es el que surge de la sociedad civil, no de esa estafa “participativa” de la contraloría social de las comunas y los consejos comunales, del supuesto “Poder Popular” manipulado por el régimen.
[8] Bobbio, opus cit, p. 419.
[9] IBÍDEM, p. 420.
[10] La Revolución cubana heredó un poder “privatizado” por el dictador Fulgencio Baptista, sólo que le dio una nueva legitimación a los ojos de los oprimidos: la instauración del socialismo.
[11] Krause, Enrique. Redentores. Ideas y Poder en América Latina. DEBATE. Colombia 2012, p. 378.
[12] IBÍDEM, p. 379.
[13] Vid, Viloria-Vera, Enrique. Neopopulismo y Neopatrimonialismo. Chávez y los Mitos Americanos. Universidad Metropolitana. CELAUP. Caracas 2004.
[14] En el Decreto con Rango, Valor y Fuerza de Ley Orgánica de Precios Justos dictado por el “Ilegítimo” en fecha 21 de noviembre de 2013, de acuerdo con la Ley Habilitante que le confiriera esa vergüenza de “parlamento” llamada “Asamblea Nacional” se establece, a fin de guardar las apariencias de la legalidad socialista, la posibilidad de expropiar, léase confiscar (robo agravado por el uso de la “fuerza pública”) todos los bienes y servicios requeridos para desarrollar las actividades de producción, fabricación, acopio, transporte, distribución y comercialización de bienes y servicios conforme a la declaratoria de utilidad pública e interés social de la totalidad de esos bienes (Art. 7). Además, esa confiscación es concebida como una sanción para “castigar” los presuntos ilícitos económicos y administrativos de acuerdo a lo establecido en el Artículo 114 de la Constitución Nacional (¿Cuáles?) y cualquiera de los ilícitos administrativos previstos en esa ley (Art. 7), que pudiesen cometer los enemigos del pueblo, vale decir, los pocos empresarios que aun resisten la avanzada socialista, es decir, las 5000 empresas que a duras penas se mantienen en pie, pues más de 7 mil ya desaparecieron por obra y gracia de las “políticas” del monje Giordani y sus cómplices, hoy expulsado de las filas de la secta destructiva, pues ya no tiene más que destruir. El objetivo fundamental del referido Decreto-Ley es “La consolidación del orden económico socialista consagrado en el Plan Patria” (Art. 1.3)
[15] En mi libro “Seguridad, Estado, Sociedad y Derecho” publicado hace 10 años señalé respecto de las actuaciones del régimen chavista: “Y ha tenido éxito en esa inaudita gestión del odio y la violencia”. Ediciones Homero. Caracas, 2003, p, 17.
[16] Ley Orgánica del Poder Popular, Ley Orgánica de los Consejos Comunales, Ley Orgánica de las Comunas, Ley Orgánica del Sistema Económico Popular, Ley orgánica de la Contraloría Social, Ley Orgánica del Consejo Federal de Gobierno, Ley Orgánica de Planificación Pública y Popular, Ley Orgánica Para la Gestión Comunitaria. Esa basura ideológica ha contagiado hasta la propia oposición “democrática”, tal es el caso del Partido Social Cristiano COPEI, del que fui simpatizante y militante activo en mis años ucevistas, que cambió de nombre para adecuarse a los tiempos. Ahora se llama “Partido Popular Copey”.
[17] Los Fabricantes de Miseria. Plaza y Janés. Barcelona. 1999.
[18] IBIDEM,p. 383.
[19] Fromm, Erich. Sobre la Desobediencia. PAIDÓS. Barcelona, Buenos Aires, México. 1984, P. 29

LA CRISIS DEL CHAVISMO

Crisis de Poder en Venezuela, por Fernando Mires

Por Fernando Mires | 4 de Julio, 2014
Crisis de Poder en Venezuela, por Fernando Mires 640
No se trata de reemplazar el fallido slogan de “La Salida” por el de “La Caída”. Pero lo cierto es que el gobierno de Venezuela sigue, aunque de modo acelerado, evidenciado ya desde el dudoso triunfo presidencial de Maduro, un notorio proceso de descomposición interna. El madurismo, si es que se puede llamar así al momento de Maduro, no es más que el declive del chavismo, o como he intentado formular en otros artículos, “la última fase del chavismo”. Creo que bajo esa rúbrica pasará a figurar en los libros de historia.
En ese orden, la famosa carta del ex ministro y albacea ideológico de Chávez, Jorge Giordani, en contra de Maduro y el grupo que lo apoya, es solo la punta de un “iceberg” cuyas profundidades son por el momento imposibles de medir.
La crisis del chavismo –y la lucha encarnizada de fracciones que ha desatado, por primera vez de modo público– es también la crisis del populimo chavista.
El problema de Maduro no es que él sea populista sino que, aunque él así lo quiera, no puede serlo. Recordemos que bajo la égida de Chávez diferentes grupos ideológicos fueron articulados alrededor de su carisma cumpliéndose la quintaesencia de todo populismo, la de que no hay populismo sin líder populista. Pero Maduro es cualquiera cosa menos un líder. Peor aún, en todo el contexto del chavismo no hay ningún personaje en condiciones de restituir un liderazgo medianamente unitario.
No olvidemos que el principal oponente interno de Maduro es (o era) Diosdado Cabello, pero Cabello es el político más detestado de su país, incluyendo en esa evaluación a no pocos chavistas.
En cierta medida se cumplen en Venezuela los síntomas que detectara Nicos Poulantzas cuando en los años setenta escribió su entonces muy divulgado libro titulado “La Crisis de las Dictaduras” (Siglo XXl, Madrid 1974), cuyo objetivo fue analizar el descenso de las dictaduras de España, Portugal y Grecia.
Aplicando la terminología de Poulantzas, en el caso venezolano se observan al igual que en los tiempos del franquismo, del salazarismo y de los coroneles griegos, grietas muy profundas en el “bloque en el poder”, grietas que para Poulantzas eran los signos del comienzo del final. Por otra parte, esas grietas surgen como resultado de una intensa lucha por la hegemonía ideológica al interior del bloque de dominación. Eso no significa por supuesto que Maduro va a caer mañana. Pues si miramos bien, en Venezuela hay por lo menos tres condiciones que no ajustan con el análisis de Poulantzas
La primera, es que el sistema de poder chavista es, además de militar, electoral, vale decir, el régimen se ha dotado de una válvula de escape destinada a disminuir las tensiones en su propia esfera.
La segunda, es que dentro del bloque de poder chavista (o post-chavista) no hay por el momento nada parecido a un Adolfo Suárez u otros similares, vale decir, alguien en condiciones de hacer el enlace entre una parte del bloque de poder y sectores de la oposición democrática. Ese rol pudo haberlo jugado Maduro cuando llegó el momento del llamado “diálogo”. Pero el mismo se encargó de dinamitar esa salida, optando por entregar aún más poder a los militares y aumentando la represión a niveles a los cuales nunca llegó Chávez. Hoy la Junta Cívica Militar (Maduro) es una Junta Militar Cívica.
La tercera condición es que no solo el gobierno de Maduro está en crisis. La oposición también lo está. Pero en este punto es importante anotar una diferencia.
Mientras la de la oposición es una crisis surgida de la lucha por el liderazgo entre líderes o quienes creen serlo, la del gobierno es una crisis programática. A la inversa, en cuanto al programa, hay en el conjunto de la oposición consenso en torno a las tareas que deberá enfrentar un futuro gobierno, entre otras, restauración de las libertades cívicas, democratización del Estado, desmilitarización de la política y, en lo económico, creación de una base para el desarrollo de una economía social de mercado.
La crisis del poder al interior del bloque dominante chavista se da, por el contrario, entre los partidarios de un capitalismo de Estado con ciertos matices populistas y los seguidores de, según Maduro, “un socialismo trasnochado”. En ese sentido no deja de ser interesante señalar que Cuba exportó hacia Venezuela no solo un modelo de dominación, sino también su propia crisis política interna. La de Venezuela, en efecto, parece ser solo un reflejo de la que hoy es imposible disimular en Cuba: una crisis que estallará con fuerza en la era “post-Castro” (la que ya está comenzando) entre las corrientes “estado-capitalistas” y las comunistas ortodoxas.
En cualquier caso, la lucha al interior de la oligarquía chavista parece no estar dada por el momento entre Maduro y Cabello. Maduro ha optado por una salida militarista (es decir, por Cabello) Y a diferencias de lo que ocurría en el pasado reciente, cuando se pensaba que los militares se moverían hacia donde fuera Cabello, hoy parece ocurrir al revés. Cabello, aunque sea solo para sobrevivir, se mueve hacia donde van los militares.
Frente a la emergencia de un gobierno militarista con peligrosas inclinaciones gangsteriles, las luchas por el liderazgo al interior de la oposición, disfrazadas por una absurda discusión a favor en contra de una Asamblea Constituyente (un evento que nadie tiene fuerzas para imponer), son, por decir lo menos, irresponsables. En un punto al menos tiene razón Capriles: “La Salida” cuando fue inoportunamente planteada, dividió a la oposición. Y ahora –se agrega aquí– cuando quizás está llegando el momento de plantearla, aunque sea electoralmente, no parece posible pues la oposición está dividida. Mejor dicho: fue dividida.
La verdad, yo pensaba escribir sobre fútbol. Pero Venezuela no me deja en paz

domingo, 29 de junio de 2014

ALIENACIÓN Y POLÍTICA EN VENEZUELA

La encuesta Keller. Verdad, alienación y política en Venezuela

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Todas las fortalezas del caudillismo autocrático descansan en ese universo fracturado. Todas las debilidades de la democracia, en la carencia de un sujeto emancipado. Toda lenidad frente a la pobreza, en un falso concepto de solidaridad con los desposeídos.

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Recibo la última encuesta de Alfredo Keller, referida al segundo trimestre del 2014, y constato un hecho verdaderamente asombroso, que demuestra el grave desajuste que existe entre la vivencia de la crisis por parte de los sectores populares –los que más la sufren–  y las decisiones políticas que están dispuestas a asumir para enfrentarla. O, en otras palabras: el inmenso peso del falseamiento ideológico que el chavismo ha logrado inocular en la conciencia de dichos sectores, al extremo de llevarlos a actuar políticamente y de manera flagrante contra sus propias percepciones de la realidad, vale decir, contra lo que ellos mismos certifican expresan sus propios intereses. Un caso de alienación que explica el desacuerdo mayoritario en el trato cotidiano con la realidad –inseguridad, desabastecimiento, inflación, carestía, desempleo– y la irracional emotividad con que los sectores populares reaccionan políticamente a esa realidad. La rechazan en el trasfondo de su conciencia y la respaldan en su superficie. Un clásico caso de alienación, digna de la psiquiatría social.

Esta alienación que bordea el masoquismo en el irracional comportamiento político de las masas populares de más bajos ingresos ya se había manifestado en una de las tantas campañas electorales libradas por Hugo Chávez, cuando sus seguidores escanciaban a coro y de manera desafiante contra sus propios intereses: “Con empleo o sin empleo, yo con Chávez me resteo”. Al realizar un pormenorizado análisis de los datos que nos entrega la importante encuesta de Alfredo Keller se puede concluir con un dato aún más estremecedor: no existe un solo ítem consultado por la encuesta y que se refiera a algún asunto polémico del programa de gobierno, algunos de ellos incluso portaestandartes de ese su programa, que no sea rechazado de manera concluyente y de manera categórica por los consultados, con un peso de tanta diferencia que reduce el respaldo a dichas políticas a cifras incluso inferiores a 10% de la población. Si esas opiniones se tradujesen en el ámbito político electoral, el PSUV no alcanzaría 15% de respaldo. Y el gobierno, en lugar de mostrar un apoyo relativo de 40%, o de 45% como se atreve a afirmar Schemel, el encuestador del régimen, estaría bordeando el abismo.

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Veamos: 71% de los encuestados rechaza la Ley de Precios Justos que autoriza la expropiación de los negocios que la violen. Mientras 28% la respalda. Pero al pormenorizar el detalle, se ve que de ese 28%, solo 12% “se restea”, con la ley, mientras 16% sigue la corriente. Con la Ley de Alquileres sucede exactamente lo mismo, con el agravante de que una inmensa mayoría de encuestados son inquilinos: 75% la rechaza y 21% la aprueba. Pero la proporción entre los que se restean, 9%, y los que la apoyan “algo”, 12%, vuelve a confirmar la ambigüedad del respaldo. En el caso de la inamovilidad laboral, que sus redactores habrán imaginado como un sabroso anzuelo para conquistarse a la masa trabajadora, el resultado de la encuesta contraría todo presupuesto ideológico: 82% de la población encuestada, que imaginamos laboral en su inmensa mayoría, rechaza la inamovilidad laboral. Y de quienes la respaldan, solo 7% dice “mucho”, mientras 10% señala “algo”. En pocas palabras: el buque insignia de las leyes dictadas para buscar aprobación y respaldo para proceder a mayores es definitivamente rechazado, y de manera casi unánime por la población venezolana. Si el elector de los estratos D, E y F identificara ese rechazo a dichas leyes con el rechazo a sus redactores y asumiera dicho rechazo como prerrequisito de sus inclinaciones electorales, los representantes del gobierno no subirían de 5%. El chavismo habría perdido todo su respaldo electoral. ¿A qué valores revolucionarios se refieren Ana Elisa Osorio, Víctor Álvarez y Nícmer Evans cuando al criticar la suspensión de Navarro, solidario con Jorge Giordani en su brutal crítica al gobierno de Nicolás Maduro, se proponen la salvación de la revolución? ¿Cuál revolución respalda esa mitad de país que a pesar de estar ahogándose en penurias continúa apostando por el gobierno del PSUV, que tiene tanto de revolucionario como el Guaire del Sena?

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Para entrarle al significado de una revolución socialista, ¿cuáles debían ser las medidas propiamente revolucionarias de un gobierno comprometido a salvarla, si alguna vez hubiera existido? Desde luego: terminar con la propiedad privada e imponer la estatización de todos los llamados medios de producción privados. ¿Qué importancia le atribuyen los encuestados a la empresa privada? Pues, asómbrense los ideólogos del bolchevismo vernáculo: 87% le atribuye la mayor importancia, mientras que 13% se la desconoce. Pero la desproporción entre “revolucionarios y contrarrevolucionarios” es aún más dramática si se atiende a la calidad de la aprobación o del rechazo: mientras 65% de ese 87% de los encuestados considera que la empresa privada es de la mayor importancia, solo 3% de la población que la rechaza se la niega absolutamente. Lo que nos hace recordar la famosa barrera del 3% histórico con que el marxismo-leninismo fue recompensado en todos los procesos electorales presidenciales librados en Venezuela hasta la elección de diciembre de 1998. Así se nieguen a reconocerlo: solo 3% de la población venezolana parece dispuesta a respaldar la radicalización del proceso y seguir las protestas de Giordani. En rigor, al elector chavista, tras catorce años de intento, la revolución bolivariana le importa un rábano.

Que a pesar de 14 años de subsidios, becas, estatización, monopolio mediático, persecuciones, cárcel y una infinidad de iniquidades sociales y políticas el pueblo venezolano siga apostando por la propiedad privada, el libre mercado y todos los datos estructurales del capitalismo lo dice todo: el venezolano es estructural, medular, esencialmente anticomunista.
Si es así, y la encuesta no deja lugar a dudas, ¿por qué a la hora de entrar en las definiciones políticas ese mismo pueblo actúa en contra de esas sus más profundas convicciones? Una primera respuesta, así sea aproximativa, es que se deja arrastrar por la inclemente propaganda de las políticas castrocomunistas con las que se les bombardea a diario y durante todo el día desde los bastiones del imperio mediático del régimen. Suficientemente coloreada con la reiteración ad nauseam de la imagen santificadora del caudillo único, extrema y absoluta razón de la supervivencia de la devastadora catástrofe con que se golpea sus estómagos.

Frente a lo cual el necesario y resaltante correlato, que explica la insólita obnubilación de la oposición oficialista formulable de manera interrogativa: ¿por qué la oposición que privilegia precisamente a esos sectores –me refiero a la MUD y muy en particular a Henrique Capriles– no hace mención de ese hiato escandaloso en convicción, percepción y comportamiento electoral de la masa electoral chavista e insiste en fundar sus ofertas con políticas que profundizan ese hiato y blindan aún más la evidente alienación del elector? ¿Estamos ante un flagrante caso del absurdo venezolano que habla de dos mochos rascándose?

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Marx fue el primer pensador en comprender en toda su inmensa magnitud el significado antropológico filosófico del fenómeno de la alienación inducida por la mercancía y el modo de producción capitalista que la había generado. En la base de su descubrimiento, la constatación de que al asalariarse y perder todos los vínculos que lo ataban a la forma de producción artesanal, el trabajador se convierte en una cosa, una mercancía, cuya única diferenciación específica es ser la única mercancía que produce mercancías y cuyo valor radica en que genera valor. Con el agravante de que el valor que genera con su trabajo le es expropiado, mientras se le deja la estricta e indispensable cantidad de valor necesaria para sobrevenir a su subsistencia.

Sin que sea esa la causa de la alienación de que hablamos, al no existir en Venezuela ni un capitalismo industrial clásico ni su estructura de clases, y la masa de respaldo revolucionario no viva del trabajo que produce –limpiar autopistas y atiborrar nóminas de empresas estatales– sino de la manutención que le asegura el Estado que lo ha rebajado a algo menos que lumpen proletariado –el concepto es válido en tanto subraya el hiato, la quiebra existencial entre los verdaderos intereses del elector y la cosmovisión que la acompaña, lo que podríamos denominar su concepción del mundo, por menesterosa e indigente que ella sea, y su comportamiento político–. ¿Cuáles son las razones para el comportamiento alienado del elector manipulado por el régimen? En primer lugar: la compra de su voluntad política mediante el mencionado subsidio. Desencajado del proceso productivo, ni obrero ni artesano, pasa a convertirse en siervo de quienes detentan el poder del Estado y con ello el control de las fuentes primarias del salario siendo el Estado el primer empleador de la república. Viendo ese su universo consolidado, a su vez, por los resentimientos sociales, los odios intergrupales, el atado de emociones que, sobre la base de una estructura familiar y grupal fracturada, da por origen al venezolano acaudillado.

Todas las fortalezas del caudillismo autocrático descansan en ese universo fracturado. Todas las debilidades de la democracia, en la carencia de un sujeto consciente, emancipado. Toda lenidad frente a la pobreza, en un falso concepto de solidaridad con los desposeídos. Pues, como bien lo señalara Tocqueville hace dos siglos, la libertad supone la existencia de un sujeto consciente de su dignidad, la que puede estar absolutamente ausente en el sujeto igualado, a pesar de todas las ventajas y bienes de que pueda usufructuar. Sin esa dignidad, sin el valor moral, toda igualdad es carne de despotismo, y toda democracia, una falacia.

Precisamente, en el respeto a esa situación de grave minusvalía existencial y en la creencia de que la pobreza del sujeto acaudillado constituye un valor y no una desventaja radica la alienación de esa oposición partidista y electorera que, antes de enfrentarla como una tara a ser erradicada, la propicia y honra como un bien en sí. Dejarse chantajear por la alienación del sujeto acaudillado  es prueba de una irreparable alienación moral. Es la que hasta hoy impide que en Venezuela se imponga una libertad verdaderamente sólida, capaz de soportar instituciones democráticas.