Benigno Alarcón / 09 de octubre de 2014
Lo que menos necesita el gobierno en un momento de dificultades políticas y económicas que lucen insuperables es que el nuevo secretario de la MUD convoque a la calle
Debilidad competitiva y el fin de la etapa competitiva
Aunque la semana pasada prometí contarles sobre los peligros del diálogo, tomando como ejemplo las lecciones sobre la última derrota de Mugabe a la oposición en Zimbabue, el aceleramiento de la dinámica actual me obliga a dedicar la columna de esta semana a otros asuntos tan urgentes como importantes.
Entre el año 1995 y 2006, dos estudiosos de las transiciones democráticas, Rossler y Howard, desarrollaron una interesante investigación cuyas conclusiones, más que pertinentes a nuestro caso, y que hemos comentado en algún artículo anterior, se resumen en el gráfico N°1. En dicho estudio, sus autores tratan de determinar la estabilidad de los distintos tipos de gobierno, analizando si se produce algún cambio de régimen al año siguiente de una elección. El estudio en cuestión analiza 630 países/año, o sea prácticamente todas las elecciones de carácter nacional celebradas durante esa década en el mundo.
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Gráfico 1
De esta investigación se derivan algunas interesantes conclusiones que nos ayudan a comprender el rumbo que viene tomando el actual gobierno venezolano desde hace algunos años, y que se ha intensificado tras la muerte de su líder. La primera conclusión es que los gobiernos más estables son las democracias y los más inestables losregímenes híbridos, categoría en la que se cuentan los autoritarismos competitivos como el que se ha impuesto en Venezuela desde poco después del ascenso al poder de Hugo Chávez, en 1999. Es por ello que en el caso de las democracias liberales, o sea plenas, y las democracias electorales, conocidas así por mantener elecciones justas, libres y transparentes pero con debilidades en su institucionalidad, las barras que las representan ascienden hasta el 100% y 92%, respectivamente, porcentajes que nos indican el número de gobiernos de ese tipo que se mantienen como tales al año siguiente de una elección. Mientras que en el caso de los autoritarismos competitivos vemos una barra que apenas alcanza el 50%, lo que quiere decir que solo la mitad de estos gobiernos logran mantenerse como tales después de una elección, mientras que un 38% evolucionan democráticamente y el restante 22% involucionan hacia autoritarismos hegemónicos o incluso dictaduras cerradas.
La segunda conclusión es que los regímenes autoritarios se vuelven más estables en la medida que se cierran políticamente y se hacen, valga la redundancia, más autoritarios. Es así como podemos ver que la alta inestabilidad de los autoritarismos competitivos, que solo logran en un 50% mantenerse como tales tras una elección, es ampliamente superada por los autoritarismos hegemónicos que lograron en el mismo período su estabilización en el poder en el 74% de los casos.
La condición de inestabilidad de los autoritarismos competitivos es fácil de comprender si los vemos desde la óptica misma de las democracias. Todo gobierno, democrático o no, termina perdiendo su legitimidad en algún momento. En el caso de las democracias, la pérdida de legitimidad se resuelve con elecciones periódicas que elevan al poder a un nuevo gobierno con renovada legitimidad. Pero en el caso de los autoritarismos, incluso los competitivos, la alternancia no es la solución porque aún cuando logren llegar al poder por la vía electoral y se mantengan por la ventaja electoral que el control del poder les otorga, siempre llegará un momento en que tales ventajas desaparecerán o no serán suficientes para seguir ganando elecciones (en el caso de Venezuela por la muerte del líder carismático y los efectos del quiebre económico), momento en el que se ven obligados a decidir entre abrirse políticamente y negociar su salida del poder o cerrar el juego y mantenerse por mecanismos distintos a los propiamente democráticos.
La tendencia hegemónica y el punto de no-retorno
En el caso de Venezuela, hemos venido advirtiendo desde el año 2009 sobre la proximidad de la coyuntura que actualmente vivimos. En diversas presentaciones expuse un papel de trabajo que también circule entre amigos, partidos políticos, académicos y otros interesados, en el cual se analizaban las características de los procesos de transición democrática y su relación indisoluble con la ecuación entre costos de tolerancia y costos de represión.
En estas presentaciones, así como en el mencionado documento, recientemente publicado en el libro El Desafío Venezolano: Continuidad Revolucionaria o Transición Democrática (Publicaciones UCAB, 2014), advertíamos sobre el hecho de que Venezuela se había mantenido durante muchos años en un escenario en el que los costos para el gobierno de mantener el poder por la fuerza son cada día menores, mientras que los costos de tolerancia, o sea, las consecuencias de perder el poder se han vuelto cada día más altos para quienes lo comparten, incluida la Fuerza Armada. Esto genera, como consecuencia lógica, la decisión de parte de los actores del gobierno de no negociar condiciones que puedan implicar su salida, incluidas las electorales, que en la práctica se traduce en el mantenimiento del poder por cualquier mecanismo a su alcance, incluidos la cooptación electoral y el ejercicio de la represión.
En la mayor parte de los casos en que se han producido transiciones democráticas desde regímenes autoritarios estas han sucedido en escenarios en donde estos gobiernos tienen bajos costos de tolerancia y les interesa negociar su salida mediante una apertura política (caso de España tras la muerte de Franco), o cuando el control político del poder implica niveles de represión que por sus costos no pueden asumir, que es lo que sucede en la mayor parte de las transiciones.
En un escenario de costos de tolerancia muy elevados, como los que perciben tener la élites gubernamentales venezolanas, que tienen en juego poder, riquezas y hasta su libertad, las transiciones no son posibles al menos que los costos de represión cambien y las expectativas de poder mantenerse mediante la cooptación electoral y la represión desaparezcan o se reduzcan drásticamente. En un escenario de esta naturaleza las deserciones se inician y comienzan las negociaciones para tratar de reducir los costos de salida de quienes puedan garantizarse su impunidad, en caso de que el péndulo político se mueva en la dirección contraria.
La prisión de Leopoldo López y otros dirigentes políticos, el control directo o indirecto de la mayoría de los medios de comunicación, la fractura de la unidad opositora, sumado a la anarquización de la protesta iniciada en el primer trimestre de esta año que desmovilizó progresivamente a la población, incluso a quienes estaban de acuerdo con la protesta, han reducido de manera importante los costos de represión para el gobierno. Hoy, ante la evidente caída en la legitimidad, el gobierno implementa otros mecanismos para estabilizarse en el poder, como la pretensión de imponer sus rectores al Consejo Nacional Electoral vía omisión legislativa para obviar la negociación de un acuerdo que tenga el apoyo de los dos tercios de la Asamblea Nacional, lo que implica la consolidación de un autoritarismo ya no competitivo sino hegemónico, que busca garantizarse una mayor estabilidad y continuidad en el poder.
Por las razones explicadas pareciéramos estar en presencia de un escenario de autocratización progresiva en el que el gobierno ha venido utilizando prácticas democráticas para ir destruyendo progresivamente la institucionalidad democrática y con ella las posibles salidas que la misma democracia ofrece ante situaciones como las que hoy se viven en nuestro país.
La relación entre Hong Kong, las ofensas contra Chuo Torrealba y las acusaciones sobre el caso del diputado Robert Serra
En una situación de costos de salida altos y costos de represión bajos, como lo es el de Venezuela y también el de China, la posibilidad de una transición implica un cambio de escenario que normalmente se inicia con la elevación de los costos de represión mediante un aumento de la movilización social expresado en protestas pacíficas que tienden a masificarse. El gobierno, quizás por la influencia de una mente experimentada y lúcida como la de Castro, y de otros aliados de la órbita soviética y china, sobrevivientes de lo que Samuel Huntington llamó La Tercera Ola de Democratización, conoce bien el funcionamiento de este mecanismo y su efecto viral en los procesos de apertura de Europa del Este, África y Asia.
Tras la difícil situación vivida durante el primer semestre de este año en donde las protestas pusieron en jaque al gobierno, que termina retomando el control de la situación por la miopía de los anarquistas que a través de la violencia acabaron con su propia protesta, lo que menos necesita el gobierno en un momento de dificultades políticas y económicas que lucen insuperables es que el nuevo secretario de la MUD, Chuo Torrealba, convoque a la calle. Una convocatoria a la calle, en una coyuntura como la actual, puede desembocar en un efecto movilizador que, aunque difícil de controlar ante las provocaciones a la violencia que desde colectivos y cuerpos de seguridad se maquinan para provocar a los anarquistas, de mantenerse la disciplina puede crecer y multiplicarse hasta involucrar porcentajes de la población que aunque en términos absolutos pueden lucir insignificantes, son suficientes para poner en graves problemas al gobierno y obligarlo a negociar.
Este efecto multiplicador puede verse seriamente repotenciado por lo que los medios nos muestran sobre lo que se ha denominado la ¨Revolución de los Paraguas¨ en Hong Kong, en la que la población, pese a las lluvias, ha iniciado y mantenido una movilización ciudadana que se ha tornado masiva para reclamar más democracia y un gobierno local que represente los intereses de los habitantes de esa isla y no los de la hegemonía del gobierno chino.
La empatía que generan las imágenes de cientos de miles de ciudadanos que toman pacíficamente las calles de Hong Kong para reclamar sus derechos democráticos tiene un efecto viral en las redes sociales de países que se sienten identificados y activan sus propios mecanismos para emular sus formas de lucha. De ahí el nerviosismo del gobierno y la posible explicación a las ofensas y amenazas por demás desproporcionadas contra el nuevo secretario de la MUD, en un intento por intimidarlo y hacerlo desistir de tan peligrosa iniciativa, que una vez activada resulta difícil de controlar y puede convertirse en el río en donde confluyen todas las corrientes de protesta que hoy están diseminadas por todo el país.
Para cerrar el círculo y finalizar con el actual escenario, debo confesar que me preocupa de manera especial el orquestamiento evidente de las acusaciones sobre las motivaciones del horrendo crimen contra el Diputado Robert Serra entre voceros del gobierno, incluido el mismo Maduro, y actores internacionales como el nuevo Secretario de UNASUR, Ernesto Samper, y del mismo Fidel Castro, lo que evidencia que tales acusaciones no son producto de opiniones espontáneas al calor de las destemplanzas propias de la emotividad humana, sino parte de una estrategia consensuada para sacar utilidad a una situación ajena a la lucha entre el gobierno y la oposición, ocultando la verdad al tiempo que se arremete contra algunos actores clave vinculados a la oposición venezolana, justificando así acciones de represión selectiva que impliquen la detención, o al menos la inhibición de las acciones o declaraciones de la oposición.
Son tiempos difíciles los que hoy vivimos, cuando del gobierno apresura el paso hacia un cierre político y la instalación de un régimen hegemónico que pretende consolidarse como punto de no retorno.
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El muro fue el símbolo más significativo de la era comunista. El derribamiento del muro fue, a su vez, un símbolo de significaciones múltiples. Por una parte, era el símbolo de la división de una nación. Por otra, el símbolo de la Guerra Fría. Tampoco hay que olvidar: fue también el símbolo de la división de Europa. Y no por último, era el símbolo de la división espiritual del Occidente político; un muro que inhibía el pensamiento y que –temo- aún no ha sido derribado en mentes políticamente bi-polarizadas las que, después de la atroz experiencia, intentan reincidir en América Latina en nombre de aberrantes consignas, como la del “socialismo del siglo XXl”, entre otras.
Ayer los demócratas de Europa lucharon para derribar el muro de cemento. La lucha para derribar esos “muros detrás del muro” que son los muros ideológicos, debe continuar. En eso estamos.
A continuación reproduciré un pasaje de mi libro “Historia del fin del comunismo” (Editorial Libros de la Araucaria, Buenos Aires, 2006)
Mientras en la mayoría de los países socialistas las condiciones internas fueron en el orden de los sucesos más importantes que el llamado "factor externo", en la revolución democrática alemana -tan bien simbolizada con el derribamiento del Muro de Berlín- pareció ser al revés.
Si no se hubiesen desencadenado los acontecimientos en los demás países socialistas, todavía Honecker y su pandilla estarían rigiendo los destinos de la RDA. Pero a la vez, si el 9 de noviembre de 1989 no hubiera sido derribado el muro de Berlín, la revolución democrática de los países socialistas del Este nunca podría haber sido consumada hasta el final. Porque ese muro no sólo dividía a una nación en dos: era la expresión concreta, geográfica y mental, de la división de Europa. Más aún: era el símbolo de la época bipolar. No sólo dividía a Europa, parecía dividir al mundo. Su dura y severa construcción permanece todavía en mentes no aptas para producir categorías equivalentes a una realidad multipolar. El muro era la lógica bipolar en acción.
Si los disidentes polacos habían llegado a la conclusión de que no es posible una revolución democrática en un sólo país, los opositores alemanes sabían que menos podía ser realizado en medio país. Porque pese a los esfuerzos de la clase comunista dominante para construir desde el Estado una nación, todo el mundo percibía que Alemania, en su conjunto, era una nación con dos Estados. Pero desde los tiempos de Bizmark los políticos alemanes creían que la Nación es el Estado. Fue quizás esa una razón por la cual los gobernantes de ambos lados se habían acostumbrando a la idea de que existían dos naciones. La noción bizmarkiana de la nación entroncaba perfectamente con la de la clase dominante de la RDA. Pero esa no era la de la mayoría de la población cuyos familiares, después de la construcción del muro, habían quedado repartidos en ambos lados. El colapso del comunismo significó, en el caso alemán, no sólo la reunificación de una nación sino, además, la integración existencial de los habitantes del país.
¿Colapso o revolución?
No deja de ser sintomático que quienes más hablan de colapso para referirse a las revoluciones que tuvieron lugar en Europa del Este sean precisamente los intelectuales alemanes. Y efectivamente, la revolución de la RDA fue más colapso que revolución, o si se quiere: la revolución surgió del colapso y no al revés como ocurrió en otros países. Por lo mismo, los acontecimientos de la RDA no se encuentran ligados a ningún punto de encuentro, o de culminación, o de partida histórico. Para la RDA 1989 fue el comienzo, pero también el final de la revolución.
Lo dicho no significa que en la RDA no hubiese existido una disidencia. Hacia 1987-1988 había una oposición casi formal constituida por 160 organizaciones por los derechos civiles que reunían más de 2500 militantes, sin contar la oposición pasiva que provenía desde los centros eclesiásticos. Pero esa oposición no era frontal como en Checoeslovaquia; tampoco pactante como en Polonia; ni siquiera tolerante, como en Hungría. Era simplemente colaboradora. Ese adjetivo que puede sonar terrible, correspondía al orden de cosas que se había establecido y no tiene porque ser necesariamente peyorativo, aunque la moda es que muchos intelectuales hablen hoy día del segundo fracaso alemán: la colaboración con el fascismo primero, y la colaboración con el estalinismo, después. La analogía es, por lo menos en tres sentidos, exagerada.
En primer lugar, pese a todas sus maldades, Honecker, ni siquiera Ulbrich, pueden ser comparados con Hitler, punto en que están de acuerdo hasta los historiadores más conservadores.
En segundo lugar, la economía y el poder político alemán del Este habían alcanzado un grado de estabilidad superior al de la URSS y regían como "modelo" en el mundo socialista.
En tercer lugar, y eso se sabía tanto en el Oeste como en el Este, la división alemana era un hecho de post-guerra que hipotecaba al país no sólo como iniciador de una guerra mundial sino, además como consecuencia del más grande holocausto de la historia universal. Poner en tela de juicio a la RDA significaba discutir el orden geopolítico de post-guerra, y para hablar sobre esa materia, los alemanes de ambos lados tenían más que justificados complejos. En otras palabras: tanto los unos como los otros sabían que el cuestionamiento del socialismo pasaba necesariamente por asumir la cuestión nacional. Y eso no estaba permitido, ni por la grandes potencias, ni por los países vecinos, ni por el orden de la "guerra fría". Es por eso que la reunificación de las dos Alemanias tuvo que arreglarla Kohl sin consultar a ninguno de los dos pueblos alemanes, pero sí por medio de sus relaciones casi personales con Gorbachov quien, como representante por lo menos formal de una de las potencias de 1945, daría el visto bueno. A USA después de eso no le quedaba más que agregar su firma. En verdad, el refundador de la nación alemana fue, más que Kohl, Gorbachov.
Pero no solamente la cuestión nacional paralizaba a la disidencia de la RDA. Muy ligado a ella estaba el pasado fascista. Los jerarcas comunistas, efectivamente, habían sabido vender muy bien la teoría de que el origen de la RDA había sido la lucha contra el fascismo. Así, en la RDA se había producido una afinidad entre antifascismo y estalinismo. Poner en duda ese socialismo era casi igual a poner en duda el origen antifascista del Estado de la RDA. Algún día deberá ser analizado el perverso sentido del antifascismo cuando éste fue institucionalizado como poder en una época en que el fascismo ya no existía. En nombre del antifascismo se han justificado crímenes innombrables. Todo eso, independientemente a que el arreglo de cuentas con el pasado fascista fue mucho más consecuente en la RFA que en la RDA, en donde el propio Partido mantenía funcionarios que en su juventud habían saludado con la mano no empuñada sino extendida.
El hecho de ser un medio país también era un obstáculo para la disidencia de la RDA en el sentido de que estar contra el régimen significaba casi automáticamente estar con la RFA, aunque fuera, como rezan tantas acusaciones del Estado, "objetivamente". De la misma manera que en la RFA ser comunista era casi similar a ser espía, disentir del Partido era juzgado en la RDA como un delito en contra de la seguridad nacional. En breve, la geopolítica determinaba a la política, y eso es lo peor que puede suceder a la política.
En un sentido inverso, quienes se sentían asfixiados por el régimen, tenían siempre una alternativa: la fuga, a riesgo por cierto, de ser alcanzados por una bala (y muchos lo fueron). Esto vale tanto para la disidencia como para los ciudadanos normales. La fuga era una institución. Naturalmente, para la Nomenklatura quienes se fugaban eran traidores a la nación. Es por eso que a los disidentes políticos más renombrados, o les ofrecían el destierro, o los desterraban a la fuerza hacia la Alemania Occidental, como ocurrió con Biermann y con Bahro, entre otros. Hacerlos pasar la frontera de ese país imaginario que era la RDA, era prueba suficiente de que estaban, no contra los intereses de la clase comunista dominante, sino que de la nación. Pues, la “Nomenklatura” alemana, como representación hegeliana del Estado, se había apoderado de la nación. El pequeño problema es que esa nación no existía. Era una delimitación territorial de post-guerra, una reservación comunista sin raíces culturales ni políticas. Pero la nación, y eso lo sabía el propio Honecker, algunos de cuyos parientes vivían en Occidente, cruzaba los límites y los muros; de lado a lado.
Debido a esas razones, el objetivo fundamental de la oposición en la RDA no era derribar al régimen sino conquistar espacios de autonomía. Por cierto, lo mismo buscaba la oposición en los demás países socialistas. Pero mientras en ellos la conquista de espacios formaba parte de una estrategia general cuyo objetivo era el fin del comunismo, en la RDA era la propia estrategia. No se trataba en buenas cuentas, para esa disidencia, de derribar al sistema, sino de modificarlo. Pero para eso debía colaborar por lo menos parcialmente con el régimen; y lo hizo consecuentemente. Esa es la razón por la cual en los servicios de inteligencia de la RDA muchos demócratas aparecen hoy como colaboradores. Y efectivamente lo eran. Para hacer oposición era necesario colaborar, esto es, manifestar cierta lealtad al gobierno y sus instituciones y aceptar participar en sus reglas del juego. A cambio de eso, nadie va a molestar; se podrá manifestar de vez en cuando opiniones propias; o reunirse con un grupo de descontentos; poner las antenas de televisión hacia occidente; de vez en cuando obtener permiso de viaje; recibir parientes y regalos; escribir una novela o un poema no pro-comunista y, si las condiciones se daban, firmar un manifiesto de apoyo por la liberación de algún disidente que ha ido demasiado lejos en el juego. En otras palabras: en la RDA había una oposición tolerada. Colaboraba, es cierto. Pero también es cierto: era oposición.
Marxismo y disidencia
Por último, hay otro detalle que no siempre es señalado en la caracterización de la oposición alemana del Este. Muchos de sus representantes, quizás la mayoría, eran marxistas; diferencia fundamental con la oposición de los otros países socialistas. En Polonia, algunos miembros del KOR como Kuron, habían sido marxistas, y muchas veces aplicaban en sus análisis criterios marxistas. Pero, por lo menos semánticamente, habían abandonado al marxismo como identidad ideológica pues el marxismo no sólo era en esos países la ideología de la casta dominante; también era la del poder imperial soviético. En la RDA también. Pero, y esto es muy importante: a diferencias con otros países, el marxismo forma parte de la tradición cultural, política y teórica alemana.
La RDA era quizás el único país en donde alguien podía declararse marxista sin entrar en contradicción con las tradiciones nacionales. A veces se tiene la impresión de que la adhesión al marxismo de muchos alemanes, del Este y de Oeste, no es sino una forma particular de ser nacionalistas pues, en la "recuperación" del marxismo buscaban mantener viva no sólo la palabra de Marx, sino las tradiciones y culturas del movimiento obrero y socialista, esto es, una parte fundamental de la historia nacional que todavía, desfigurada eso sí, pervive en la propia Socialdemocracia. Y desde esa perspectiva, es difícil criticarlos.
En ningún otro país socialista hubiera sido posible que una demostración disidente fuera realizada en nombre y con las consignas de Rosa Luxemburg y Liebknecht, como ocurrió en enero de 1988. Pues, los disidentes no sólo eran marxistas; además, eran mejores marxistas que los de la Nomenklatura quienes, como Honecker, habían reducido toda su teoría a un puñado de consignas fáciles y tontas.
Ahora bien, ese doble carácter, disidencia y marxismo, no era compartido por la población. Como la mayoría no era disidente, no tenía tampoco ninguna necesidad de colaborar. Y como la mayoría no era marxista, no poseían ningún grado de parentezco con la Nomenklatura. "Intelligenzia y Nomenklatura" - escribe Jens Reich - "eran en el mejor de los casos hermanos que se odiaban, pero no clases antagónicas". Por eso mismo, cuando llegó el momento de la definitiva ruptura, la población pudo ser mucho más radical que la disidencia, otra diferencia notable con la situación que se dio en los demás países del área. Durante el período de estabilidad de la dictadura, esa población había dejado abandonada a la disidencia porque gozaba de privilegios que en otros países estaban sólo reservados para la Nomenklatura. Durante el período de la revolución, la volvió a dejar abandonada, siguiendo de largo en sus reivindicaciones y pidiendo en las calles, rápidamente, por la reunificación nacional, poniendo término al "contrato social" establecido que más o menos decía así: "Ustedes hacen como que gobiernan; nosotros hacemos como que obedecemos".
La hora del pueblo
Somos el pueblo, primero; somos un pueblo, después.
De la soberanía democrática a la soberanía nacional había un sólo paso. Esas consignas correspondían a la lógica real de los acontecimientos que la disidencia, encerrada en su propia contradicción, no podía seguir hasta el final. Así se explica que cuando el colapso tuvo lugar, y el muro fue derribado, los representantes de esa disidencia seguían pidiendo, casi candorosamente, por un socialismo reformado. La revolución del pueblo no podía ser la de la disidencia. Pero a la vez, sin esa oposición colaboracionista que erosionó al régimen interiormente, la revolución popular tampoco habría sido posible.
El colapso del régimen venía anunciándose desde el momento en que durante la celebración de los cuarenta años de socialismo la multitud en las calles saludó a Gorbachov como a un libertador. Enseguida, con la apertura de las fronteras en Hungría, Checoeslovaquia y Polonia, tuvo lugar un éxodo en masa sin precedentes. Daba la impresión que en la RDA al final sólo iban a permanecer Honecker, su fanática esposa y el estalinista Mielke, para apagar las luces y cerrar las puertas.
La Nomenklatura contribuía a su desligitimación sin saber como reaccionar frente a ese fenómeno. En mayo de 1989 había falsificado las elecciones comunales ante la protesta irritada de la población que ya sabía que en la URSS habían elecciones limpias. La poco genial identificación pública del Comité Central con los asesinatos de la Plaza de la Paz Celestial de Pekin, provocó un sentimiento de repulsión general. La oposición, hasta entonces elitista, por efecto de una verdadera reacción en cadena, se multiplicaba en las calles. Parecía que los alemanes del Este querían recuperar en un par de días todos los años perdidos. Por todas partes surgían iniciativas civiles, grupos, nuevos partidos. Algunos muy originales. Otros no era más que malas copias de los de la otra Alemania. Las demostraciones de los Lunes en Leipzig eran cada vez más numerosas. Los grupos de rock, los escritores, los actores, cada uno quería hacer algo por esa imprevista revolución. Como presintiendo que la "luna de miel" iba a ser muy breve, se daban a la imposible empresa de construir una "sociedad civil" en el menor tiempo posible. Al fin, en esa sociedad amurallada, triunfaba la política, en su verdadera expresión. El 9 de octubre surgió de lo más íntimo, el grito soberano: "nosotros somos el pueblo". El 9 de noviembre, al abrirse el muro, terminaba la era del comunismo. Terminaba también el momento del pueblo. Había llegado la hora del Ejecutivo. Este no había surgido de la revolución, como en Varsovia. Fue el Canciller Kohl, el menos apropiado quizás para realizar un acto revolucionario, quien tuvo que consumar la revolución mediante la reunificación.
Sin ninguna patología, casi administrativamente, Alemania volvió a la normalidad y comenzó a ser una nación con un sólo Estado. Como debe ser toda nación.



