miércoles, 10 de febrero de 2016

Qué significa ser progresista en materia de pensamiento?

Qué significa ser progresista en materia de pensamiento?
Jorge Luis Acanda
Acanda, Jorge Luis. "¿Qué significa ser progresista en materia de pensamiento?". En: Hacia dónde va el pasado. El provenir de la memoria en el mundo contemporáneo. Barcelona: Paidós. 2002. págs. s/p
El tema de este artículo me trajo de inmediato a la memoria una película española que se exhibía en la televisión cubana durante mi infancia. No retengo su título, pero si su argumento, que versaba sobre un pequeño pueblito costero, en la España de los 50, al que de repente llegaba un grupo de trabajadores forasteros encargados de construir una carretera y un hotel para la futura arribazón de turistas, y de como el contacto con las nuevas ideas y usos, traídos por los recién llegados, llevaba a los habitantes de la aldea a romper los patrones tradicionales de comportamiento y subordinación y a sacudirse el amodorramiento de su cotidianidad. De aquel filme guardo tres recuerdos. Uno es el de la magnífica actuación de José Isbert, que encarnaba a un aldeano cascarrabias y conservador que se oponía a la construcción de la carretera y a lo que ella significaba. El otro es el de una escena en la que ese personaje encarnado por Isbert discutía con aquellos trabajadores y, buscando un adjetivo con el que insultarlos, les espetó esta frase: “¡progresistas, que no sois más que unos progresistas!”. Y el tercero es el de la sorpresa que me provocó que lo que para mí era (y aún sigue siendo) una cualidad positiva fuera utilizado como insulto, algo que descalificaba a una persona o una acción.
Como en aquel pueblito de la película, ahora también algunos asumen en sentido peyorativo el concepto de progreso. Pero hoy no se le enfrenta, como hacía el personaje de marras, desde el afincamiento cerril en la tradición, sino desde los apotegmas de un sistema de representaciones que se presenta a sí mismo como “cultura postmoderna”, y que, junto con el de progreso, estigmatiza temas tales como totalidad, telos, revolución, sujeto, historia. Y con ello, y por lo tanto, las aspiraciones tradicionales del pensamiento de lograr una visión de la realidad que, por sistematizadora, nos permitiera darle un sentido a los procesos sociales y a las actividades de los hombres. Que permitiera comprender, aprehender, en suma, la realidad.
Pensamiento y progreso han sido dos conceptos muy atacados desde una conciencia filosófica “posmoderna”, aprisionada en el sistema de un presente temporal del que parecen excluidas las categorías narrativas del cambio, y que se ha apoyado para ello en representaciones e imágenes de los mismos que unilateralizan la complejidad inherente al contenido de ambas categorías. Ciertamente es válido rechazar la visión lineal y ascendente de la historia que no pocas veces ha sido vehiculizada en la idea de progreso, y que ha servido y sirve de coartada a la opresión y la dominación, pero ello en modo alguno puede legitimar la omisión de la idea de “proceso” para adoptar la de una especie de flujo nietzscheano e infinito de tiempo. Porque precisamente la imagen de progreso implica pensar la historia como un proceso. Desenredar la madeja de estas representaciones e imágenes que envuelven a estas categorías tan discutidas hoy es una tarea urgente, no sólo por las propias exigencias del quehacer teórico, sino por el modo en que aquellas limitan la imaginación política (Jameson:18). Y sin imaginación política no hay pensamiento capaz de rechazar la chatura opresiva del presente y proyectar la visión de un mundo más humano.
Ante la ofensiva de un relativismo rampante, que procura derrubiar el basamento objetivo de aquellas categorías que nos han servido como puntos de orientación de nuestra actividad valorativa y práctica, se patentiza con fuerza dramática la necesidad de un pensamiento que asuma la función de denuncia de la opresión y de fundamentación de la posibilidad de un futuro mejor. Que argumente la posibilidad del progreso no como utópica, sino como posibilidad real. Que evite las trampas que limaron las aristas liberadoras de pensamientos progresistas anteriores. La necesidad de responder a la pregunta que titula este trabajo se nos presenta con renovada fuerza. ¿Cómo entonces pensar al progreso y al propio pensar?  
1) Pensar el Progreso.
Progreso significa cambio, pero en sentido positivo, de mejoramiento. La idea de progreso cobró auge a partir del siglo XVIII, en el contexto de la lucha empeñada por la entonces joven burguesía contra el orden clerical-feudal y por la liberación del hombre de la supeditación al absolutismo político, la superstición religiosa y la ignorancia.
El progreso se pensó en dos dimensiones: la relación de los hombres con la naturaleza (la dimensión técnica) y las relaciones de los hombres entre si (dimensión social), progreso ético de las normas que regulan su convivencia. Se fijó como meta un tipo de conocimiento y dominio de la naturaleza que abriera paso a una sociedad en la que reinaran los valores de justicia, solidaridad, paz, etc. Desde un inicio se consideró que la dimensión técnica y la social estaban indisolublemente vinculadas, y que un cierto nivel de desarrollo de la primera era imprescindible para posibilitar la segunda.
Se creó una situación histórica en la que se impuso una visión del progreso que podemos catalogar de instrumental. El acento fue puesto en la primera dimensión, y se olvidó la segunda. La idea de progreso se encarnó en las representaciones provenientes de un tipo específico de despliegue de la modernidad, cuyas divisas eran la racionalización, la sistematización y la cuantificabilidad.  Se creyó que el solo desarrollo científico-técnico, la acumulación y perfeccionamiento de instrumentos para dominar a la naturaleza, implicarían automáticamente la consecución de la felicidad humana. La constatación de que esto no era así, y de los potenciales efectos perversos del desarrollo tecnológico, condujo a que se pasara al otro extremo y se satanizara el desarrollo de la técnica. Se hizo claro que en su empeño por dominar a la naturaleza externa, el hombre había acabado por reprimir su propia naturaleza. Sobrevino entonces el desencanto con la idea de progreso. La lógica del desarrollo tecnológico y la del desarrollo humano pasaron a interpretarse como independientes, y algunos incluso las entendieron como antitéticas. Se nos quiso hacer creer que el fracaso de un modelo civilizacional implicaba no ya su incapacidad para la concreción de un ideal, sino más bien la insolvencia del ideal mismo. Y el término progreso fue arrojado al baúl de los trastos aborrecibles, junto con otros conceptos tales como sujeto, totalidad, liberación, etc.
¿Por qué se difundió y primó esa concepción tecnologizante del progreso? Horkheimer indicó que sólo es posible la confusión de identificar el avance técnico-económico con el progreso cuando se asumen las posiciones de la razón instrumental. Ese tipo de razón se manifiesta en la preponderancia de un pensamiento reificador, que se representa la realidad a través de imágenes cosificadas, y que deforma el carácter de las relaciones sociales al metamorfosearlas en relaciones entre cosas. El predominio de la razón instrumental y del pensamiento reificador en estos dos últimos siglos no es casual. La preservación de la dominación de unos hombres sobre otros no había estado orgánicamente vinculada, en sociedades anteriores, al aumento del dominio sobre la naturaleza. Con el surgimiento de los “tiempos modernos”, esa conexión se torna inmanente. Ahora se necesita un dominio incrementado sobre la naturaleza para mantener el dominio sobre los hombres. Esta necesidad aparece con el nuevo tipo de sujeción que inauguran los procesos de modernización capitalista. Ella se manifestó como desarrollo de la mercantilización creciente de todas las relaciones sociales. La universalización de la forma mercancía. Se identificó el progreso como el avance de esta mercantilización, que sólo podía expandirse a caballo de un tipo de desarrollo científico-técnico encaminado a la producción incesante de nuevos instrumentos cosificados de dominación.
Pero sería unilateral representarse lo acaecido en los dos últimos siglos, exclusivamente con los tonos monocordes de la expansión colonizadora del tipo de racionalidad inherente a la reproducción ampliada de la forma mercancía. Alain Touraine nos ha recordado que la modernidad ha de entenderse como unidad de racionalización y subjetivación. La universalización de la forma mercancía fuerza a todas las relaciones sociales a existir como relaciones mercantiles, dominadas por la lógica de la producción ampliada de valor. Para que ello sea posible, el individuo mismo ha de ser convertido en un consumidor ampliado de mercancías. No solo sus necesidades, sino también su modo de satisfacerlas y el modo de representárselas, tienen que existir como función del consumo no de cualquier tipo de objetos o “cosas”, sino de un objeto muy específico: la mercancía. Muy específico porque ella es producida no para la satisfacción de necesidades que puedan considerarse “humanas”, sino - por el contrario - para satisfacer su propia necesidad de realización y autorreproducción. Pero la tendencia a la mercantilización de todo el sistema de relaciones sociales lleva implícita una contratendencia. Como reza una vieja fórmula, tan certera como injustamente olvidada hoy, ella necesita sacar a los hombres de su existencia empírica puramente local para colocarlos en una relación de intercambio universal entre ellos, lo que instituye a individuos histórico-universales, empíricamente universales. Es decir, no puede evitar el provocar un desarrollo de la subjetividad humana, de sus potencialidades, exigencias, aspiraciones, etc. El proceso de modernización capitalista, para mantener la reproducción ampliada del valor, tiene que generar una reproducción ampliada de la subjetividad humana, a la vez que tiene constantemente que intentar aprisionar a la misma y encauzarla por el estrecho carril de la realización de la mercancía. La sempiterna realización de este trabajo de Sísifo explica el carácter ambivalente del despliegue de la modernidad. Si nos libramos de las visiones euro- y androcéntricas, veremos como estos dos siglos han sido testigos también de procesos vinculados al desarrollo de la conciencia de si de los pueblos y grupos sociales tradicionalmente reprimidos y marginados.
La idea de progreso es demasiado importante como para ser simplemente abandonada (Sztompka:57). Su aceptación tiene que ver con algo tan significativo como el reconocimiento del carácter agencial del hombre, de su papel como sujeto. Cuando surgió, esta idea era expresión de tres momentos: inconformidad con el presente, creencia en su carácter histórico (y por ende perfectible), y confianza en la potencialidad del ser humano para dirigir ese cambio. No podemos renunciar a nada de ello.
Por eso es preciso abandonar la representación tradicional e “instrumental” del progreso, basada en una concepción cosificada de las relaciones sociales, y abrirle paso a una interpretación que por necesidad ha de ser “relacional”.  El avance de la sociedad ha de medirse no por el crecimiento de la densidad reificada de instrumentos de dominación, sino por la diversidad creciente de las relaciones establecidas por los hombres con su medio (el que, por supuesto, incluye a los demás hombres), por el desarrollo ampliado de necesidades vinculadas no a la realización de un objeto que implica la negación y supresión de toda individualidad y de toda originalidad (la plusvalía), sino de necesidades que impliquen el enriquecimiento multilateral de la subjetividad humana.
La noción de progreso también implica la exigencia de una mirada crítica al presente como algo perfectible. Se trata de un concepto valorativo, que implica juzgar al presente. Valorar, a su vez, trae aparejado la necesidad de resolver una cuestión inicial: desde dónde se realiza esa crítica, desde dónde se evalúa lo que existe. Es la cuestión del Standpunkt de la valoración crítica. Existe una posición posible: valorarlo desde un “deber ser” apriorístico, especulativo, voluntarista. Son las posiciones de la razón utópica, tanto de derecha como de izquierda. Las del romanticismo y los fundamentalismos. Las limitaciones de este enfoque son conocidas. Pero existe otra posición: valorar al presente desde él mismo. Ello no implica “presentismo”, realismo chato. No se trata de entenderlo desde la absolutización de su apariencia empírica, sino desde la comprensión de la contradictoriedad de su esencia. Entender a la sociedad como resultado y producto de la actividad humana, plasmación por tanto de sus potencialidades positivas así como de las negativas. Por otra parte, no situándose fuera de ella, sino dentro de esa realidad. Pero a la vez buscando un punto de alteridad que permita sustraerse a la fuerza manipuladora y condicionante de la reproducción de lo existente, a la fuerza de absorción de la razón instrumental. Identificando aquellas fuerzas sociales que son producto de esta realidad, pero que a la vez son oprimidas y ocluídas por ella.
Esto implica una consideración teórica: asumir el carácter contradictorio de la modernidad, su ambivalencia. Remontar la unilateralidad del diagnóstico weberiano de la modernidad como sistema homogéneo, caja férrea que no presenta ninguna salida a la racionalización total. Entender la existencia en lucha de varias racionalidades, de signo contrario. Y apostar por la posibilidad de promover, con nuestra actividad, el predominio de la racionalidad liberadora.
El uso del concepto de progreso implica, por lo tanto, varios desafíos. De carácter tanto teórico como metodológico. Tareas a resolver por un pensamiento no instrumental, que sea capaz de pensarse a sí mismo para sustraerse al poder de la sistematización.  
2) Pensar el pensar.
El pensamiento es una forma de actividad espiritual que implica la producción de imágenes ideales, mediante los cuales los hombres intentan explicarse su realidad y a ellos mismos. El pensamiento puede ser lógico o mítico-religioso, según acuda a elementos inmanentes a la realidad para explicarla o a elementos trascendentes a ella. El pensamiento lógico intenta pasar de lo fenoménico a lo esencial, descubrir la legalidad interna de los procesos, sus regularidades de funcionamiento. Busca reproducir la racionalidad de la realidad mediante la producción de instrumentos ideales, los que funcionan como elementos mediadores a través de los cuales los hombres se relacionan entre si y con la realidad. Las relaciones que los hombres establecen entre si (relaciones intersubjetivas) y las relaciones que forjan con los objetos que los rodean (relaciones objetuales) están orgánicamente vinculadas.. No se las puede concebir por separado, como si unas se existieran independientes de las otras. Las relaciones entre los seres humanos son siempre relaciones mediadas por objetos (materiales o espirituales). Las relaciones intersubjetivas son a la vez también relaciones objetuales. Los hombres se relacionan con la realidad en la medida en que la transforman y la producen. Y al producir su realidad se producen a sí mismos. Crean no sólo las condiciones materiales de su existencia, sino también su subjetividad. Las relaciones sociales (intersubjetivas y objetuales) son relaciones de producción y apropiación de la realidad.  
El pensamiento es una forma de apropiación espiritual de la realidad. Es preciso detenerse en el significado del concepto de apropiación. Enrique Dussel llamó la atención a la necesidad de distinguir entre posesión (Besitz), propiedad (Eigentum) y apropiación (Aneignung). La “posesión” de un objeto es la relación efectiva de su uso. Es la relación efectivo-material con la cosa. La “propiedad” es el derecho o la capacidad subjetiva. La posesión es relación objetiva, la propiedad es relación subjetiva. En cambio, la “apropiación” es la síntesis objetivo-subjetiva (Dussel: 227). Es a partir de Feuerbach que este concepto pierde su connotación estrictamente jurídica y pasa a ser utilizado como categoría filosófica para entender la relación de interacción de los hombres con la realidad.
Entender la apropiación de la realidad por los seres humanos solo como dominación es tener en cuenta exclusivamente un aspecto de esa relación, verlo como un proceso unidireccional: el de la objetivación. Los hombres interactúan con su entorno en la medida y a la vez que interactúan entre sí. E interactúan con ella en la medida en que la producen y, al producirla, se producen a sí mismos. El concepto apropiación apunta a este proceso complejo de producción de la subjetividad humana. Al producir la realidad, el hombre se apropia de ella porque la incorpora a su ser. Su objetivación es a la vez la creación de su subjetividad (potencialidades, capacidades, valores, ideas, metas, estados de ánimo, etc.). La apropiación de la realidad es tanto material como espiritual. Al definir al pensamiento como una forma de apropiación espiritual de la realidad, se está llamando la atención a la necesidad de reflexionar la interacción entre objetivación y subjetivación. 
Kant abrió una nueva época en la filosofía al destacar la necesidad de que el pensamiento se piense a sí mismo. Fundó la teoría crítica al destacar la necesidad de reflexionar sobre las condiciones objetivas de la actividad pensante, y entender aquellas como inherentes a esta, y no como algo externo. A Hegel debemos no sólo la superación del apriorismo kantiano en la interpretación de ese condicionamiento y su afirmación del carácter histórico del mismo, sino también la fundamentación de la necesidad de comprender la totalidad de los modos de objetivación de los individuos para poder comprender las formas de su subjetividad (entre ellas, el pensamiento). Marx continuó el programa crítico al destacar al carácter no sólo histórico sino también social del condicionamiento objetivo de la actividad subjetiva. El pensamiento ha de ser crítico, ha de pensarse a sí mismo, lo que significa pensar sus condiciones de posibilidad. Y ello implica pensar la realidad social de la que es parte constituyente. Un pensar crítico busca descubrir los factores que condicionan el proceso de objetivación de los sujetos y sus formas de subjetividad. Es decir, los factores que condicionan el modo de apropiación (material y espiritual) de la realidad, y la interrelación entre estos.  
Pensar al pensamiento y pensar la realidad constituyen por lo tanto dos momentos de un mismo proceso. El pensamiento ha de ser autorreflexivo para captar su racionalidad, la cual a su vez está condicionada por la racionalidad de la realidad social de la que aquel es elemento constituyente. Pero en la realidad no existe una sola racionalidad, sino distintas racionalidades. Se ha de pensar como se relacionan estas racionalidades diversas, y cómo y por qué se articulan de un determinado modo que expresa la hegemonía de una sobre las demás. Pensarlas en sistema, en su interacción. Y ello a su vez exige evaluar esa interacción, establecer un criterio para juzgar las características y los efectos del modo específico en que esas racionalidades se articulan, en una relación de integración o de supeditación entre si.
El pensar crítico ha de ser también, en consecuencia, totalizador. Pero no sólo en el sentido hegeliano, de una reflexión que tome como principio la necesidad del análisis de las relaciones entre el todo y la parte, que apunte a trazar el mapa de la compleja interacción entre las distintas racionalidades presentes en una realidad, sino también totalizador en el sentido lukacsiano, de afirmar la interpenetración de lo objetivo y lo subjetivo, la dimensión subjetiva de la objetividad existente. Para romper el embrujo de las formas fetichistas de objetividad y desgarrar el velo de su coseidad, se precisa captar la inteligibilidad de un objeto partiendo de su función en la totalidad determinada en la cual funciona (Lukacs:47 y ss.).   
3) Un pensar progresista.
El carácter progresista de un pensamiento ha de medirse por el modo en que realiza su labor  de análisis crítico y totalizador. Por el modo en que piensa la realidad y su relación con esta. Y por la finalidad de su reflexión.
Entre otras implicaciones, esto significa también tener en cuenta el imperativo foucaltiano de pensar la relación saber/poder: cómo el poder condiciona al saber y al pensar. El propósito no puede ser la utopía de sacudirse ese condicionamiento, sino el de reflexionar sobre la legitimidad de ese poder específico en cuestión (Foucault:131). Si ese poder condiciona o no, posibilita o no, una apropiación humana de la realidad. El recurso al concepto de “humano” no implica la idea especulativa de retorno a una esencia prístina perdida, sino la concepción de una apropiación de la realidad puesta en función no de la reproducción de un objeto animado de una racionalidad hostil al hombre, sino del despliegue de su subjetividad. Aquí por “humana” se entiende liberadora. ¿Cómo evaluar ese modo de apropiación de la realidad que es causa y consecuencia del poder existente? La piedra de toque del carácter progresista de un pensamiento está en el modo en que piensa al poder y su relación con este.
Ya hemos visto que la modernidad significó, entre otras cosas, un cambio en la dinámica de la reproducción del poder. De la dialéctica de la conservación y el cambio. En las sociedades pre-modernas, para que se conservara el poder no podía cambiar nada. La más pequeña transformación implicaba el derrumbe de toda la pirámide social. El desarrollo de la modernización mercantilizante llevó a su forma extrema al gatopardismo. Si en aquella obra uno de sus personajes explicaba que “había que cambiar algo para que no cambiara nada”, ahora se puede afirmar que la divisa del poder parece rezar así: hay que cambiarlo todo para que no cambie nada. Pero ese “todo” encierra una excepción: la esencia misma de ese poder, cuya razón de ser está en el predominio de la forma mercancía. Los viejos objetos de poder, las antiguas representaciones cristalizadas en imágenes que preservaban la asimetría de las relaciones interhumanas (nación, raza, etnia, religión, tradición), pueden y han de ser arrumbadas ahora como trastos inservibles por un nuevo poder, que cifra el secreto de su conservación en su capacidad de incesante enmascaramiento y cambio fenoménico. Nuevas y más complejas formas de reificación de la realidad acompañan y tributan a la nueva dominación. El pensamiento progresista ha de ser descosificador. Ha de develar la peculiar dimensión cultural de la hegemonía del poder contemporáneo. Desde hace dos siglos, y en forma creciente, nos enfrentamos a los desafíos emanados de la capacidad de metamórfosis del poder. Nunca mejor empleada esa palabra. Mas allá de sus formas empíricas de presentarse, su esencia sigue inalterable.
Ni cualquier cambio es progresivo, ni cualquier conservación ha de entenderse como reaccionaria. Pero la constatación de esta situación no autoriza relativismos extremos. Hoy como ayer, el conservadurismo significa el deseo de preservar un modo (históricamente determinado) de existencia del poder y de apropiación de la realidad basado en la instrumentalización del individuo y en la asimetría de las relaciones interpersonales. Tampoco todo deseo de cambio y renovación es negativo. Por eso se equivocan quienes intentan enfrentar la creciente enajenación capitalista atrincherándose en el fundamentalismo de formas de enajenación pre-modernas, ellas también opresivas y emasculadoras del florecimiento de la subjetividad. Como ha demostrado la historia más reciente, al totalitarismo del mercado no se le puede enfrentar con el totalitarismo del Estado, la nación o la religión.
Un pensamiento progresista ha de ser contrahegemónico. No basta sólo con que busque formas de resistencia, sino que tiene que proponer alternativas válidas, por imaginativas y creadoras, en un mundo en el que el cambio no es una opción sino una exigencia. No adopta una actitud nihilista ante la modernidad o las aspiraciones ilustradas, sino que busca tomar como inspiración el carácter dialéctico de la experiencia de la modernidad y la Ilustración (Reyes Mate: 12). No rechaza su herencia, sino que pretende asumirla, invocando a la experiencia, asumiendo un sentido en la historia. No como teleología, sino como lucha, en la que se ha elaborado y acumulado un irrenunciable patrimonio común a todo hombre.
Pensamiento crítico, totalizador, descosificador, antihegemónico. Aristas distintas pero orgánicamente presupuestas que califican la voluntad de ser progresista en materia de pensamiento. Todo ello para indicar que ha de ser un pensamiento humanista y radical. O radicalmente humanista. Lo que tal vez no sea más que una redundancia, por aquello de que ser radical significa ir a la raíz, y la raíz es el hombre mismo. Pero una redundancia necesaria, pues al asumir la subjetividad como intersubjetividad, cifra su vocación progresista en una motivación liberadora, entendida esta como afán para descifrar las claves que promuevan la autoconstitución como sujetos de los individuos.
 
Bibliografía.
- Dussel, Enrique. La producción teórica de Marx. Siglo XXI editores, México, 1985.
- Foucault, Michel. Power/Knowledge. Pantheon Books, New York, 1980.
- Jameson, Fredric. “El marxismo realmente existente”, en: Revista Casa de Las Américas, nr. 211, abril-junio 1998, La Habana.
- Lukacs, Georg. Historia y conciencia de clase. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1971.
- Reyes Mate, Manuel. La razón de los vencidos. Editorial Anthropos, Madrid, 1991.
- Sztompka, Piotr. Sociología del cambio social. Alianza Editorial, Madrid, 1993.

- Touraine, Alain. Crítica de la Modernidad. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1993.

sábado, 6 de febrero de 2016

¿Es posible para la oposición lograr un cambio de gobierno? (I)


¿Es posible para la oposición lograr un cambio de gobierno? (I)

by PolitiKa UCAB
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Benigno Alarcón Deza– 5 de febrero de 2016
El pasado 6 de diciembre la oposición obtuvo un triunfo contundente en la elección de diputados a la Asamblea Legislativa, obteniendo los dos tercios necesarios para tener la mayoría calificada que le permite ejercer, sin necesidad de negociación con el partido de gobierno, las máximas competencias del poder legislativo, incluida la aprobación de leyes orgánicas, la reforma o enmienda constitucionales y la convocatoria a referéndums consultivos o revocatorios. Pero una consecuencia de esta elección, al menos tan importante como el haber obtenido esta mayoría calificada, es la materialización de un cambio en el balance político entre gobierno y oposición que hoy, tras 17 años de dominio hegemónico del partido de gobierno, se inclina a favor de la oposición, o al menos en contra del partido de gobierno, en lo que podría convertirse en un momento trascendente que marca el inicio de una transición.
Pero como la historia nos demuestra, una transición no siempre es hacia la democracia. Todo régimen híbrido, como el de Venezuela (verhttps://www.eiu.com/public/topical_report.aspx?campaignid=Democracy0115), se enfrenta, más tarde o más temprano, a perder su base político-electoral, al dilema entre permitir una transición política por la vía electoral o seguir controlando el poder, aún el apoyo político que le permitía ganar elecciones, a través de su mutación hacia un autoritarismo hegemónico que le permita estabilizarse en el poder por la fuerza.caricaturas-EDO-desalojo-Hugo-Chavez_NACIMA20160108_0148_19
Este dilema, entre autocratización y democratización, como hemos dicho en varios artículos  anteriores publicados en esta misma columna, termina por resolverse para el gobierno a través de un cálculo costo beneficio entre los costos de tolerar un cambio en el poder y los costos de la represión necesaria para mantenerse en el poder.
Tras la instalación de la nueva Asamblea Nacional, el pasado 5 de enero, todas las señales han apuntado hacia la intención gubernamental de autocratizarse, comenzando por la desincorporación de tres diputados de la oposición por orden del Tribunal Supremo de Justicia, hasta el discurso de Maduro en el Tribunal Supremo de Justicia el pasado sábado 30, en el que se hace un llamado a los magistrados para aislar institucionalmente a la Asamblea, al colocar al Poder Judicial, dominado hoy por el oficialismo, como un supra-poder que está por encima de la separación de poderes establecida en la Constitución, y que tendría la última palabra en relación a cualquier actuación de la Asamblea Nacional.
Es evidente que este aislamiento institucional será el principal obstáculo a vencer por la oposición para poder avanzar hacia cualquier salida institucional que permita el cambio de gobierno que la mayoría del país reclama hoy, y que podría convertirse en un clamor popular en la medida que la crisis económica, va materializándose en consecuencias microeconómicas mucho más dramáticas que las que ya vivimos hoy en día. El problema para la oposición es que ante el hecho del dominio oficialista en todas las instituciones del Estado el aislamiento institucional de la Asamblea Nacional no puede vencerse contando con la cooperación institucional que sería necesaria para cualquier salida institucional, valga la redundancia.
Es así como la oposición cometería un grave error permitiendo la judicialización del conflicto entre Asamblea Nacional y Ejecutivo, y necesitará trasladar el conflicto al único campo de batalla en donde tiene ventaja real hoy en día, o sea, al campo político, lo que implica poner el arbitraje en manos del soberano, tal como lo hiciese Chávez con la convocatoria inmediata a una Asamblea Constituyente, consciente de su aislamiento institucional al tomar la presidencia en 1999. En la medida que la oposición gana en el campo político se hace más probable el establecimiento de relaciones de cooperación con actores institucionales moderados que tienen poco que perder y mucho que ganar facilitando una transición pacífica mediante mecanismos institucionales.
Hoy en día la oposición se debate entre los diversos caminos posibles para cumplir con la promesa de cambio que le dio un triunfo contundente en la pasada elección legislativa: la salida progresiva a través de la elecciones a gobernadores, alcaldes y presidenciales de 2016, 2017 y 2018, respectivamente; el referéndum revocatorio; la reducción del período mediante una enmienda constitucional; la convocatoria a una Asamblea Constituyente, etc. Todas estas alternativas tienen sus pros y sus contras que deben ser considerados para tomar la mejor decisión posible, y aún así no estarán exentas de riesgos. Entre tales consideraciones cabe destacar: los altos niveles de legitimidad de la oposición tras haber ganado recientemente una elección, pero que pueden deteriorarse rápidamente en la medida que la situación del país se agrava y la oposición no sea capaz de decidir y dar respuesta oportuna a las demandas crecientes de cambio; el hecho de que hoy en día la oposición constituye la única alternativa visible al oficialismo; y el peligro de que se genere una situación de ingobernabilidad ante el rápido deterioro de la situación económica, lo que terminaría por poner el control en manos de los poderes fácticos.
chavismo-oposicionEl que la oposición logre materializar el cambio en el poder, o una transición como se le conoce en el lenguaje de la ciencia política, dependerá en buena parte de un buen manejo político de  su situación de aislamiento institucional y de la correcta sincronización entre los tiempos en que evoluciona la crisis y la respuesta política. En tal sentido, es esencial mantener la confrontación oposición - oficialismo en el terreno político, generando mecanismos que saquen el poder de decidir de las instituciones dominadas por el oficialismo y pongan el arbitraje en manos del elector, tal como Chávez hizo a través de una Asamblea Constituyente que permitió el desmontaje del todo el andamiaje institucional del Estado y le permitió tomar el control efectivo del poder. Sin embargo, es importante aclarar que con esta afirmación no trato de inclinar mi posición hacia la convocatoria a una Asamblea Constituyente, ya que la decisión sobre cuál es el mecanismos apropiado demanda un análisis de condiciones más complejo que escapa a alcance de este artículo. A todo evento, sí es posible llegar a algunas conclusiones, en el intento por responder a la pregunta que titula este trabajo: ¿Es posible para la oposición lograr un cambio de gobierno?
Si se trata entonces de construir una transición por los mecanismos establecidos en la Constitución, como la oposición ha afirmado en muchas oportunidades, y sobre lo cual pareciera existir hoy consenso a nivel de todo el liderazgo político, existen cinco variables en la literatura sobre democratización que Ángel Álvarez, Manuel Hidalgo Trenado y yo identificamos para un reciente artículo que escribimos juntos, y que podrían ayudarnos a responder a esta pregunta sobre la viabilidad de una transición decidida a través de elecciones en Venezuela: 1) Balance entre el costo de opresión y de tolerancia; 2) El nivel efectivo de integridad electoral; 3) El balance de poder entre el partido de gobierno y la oposición; 4) Las condiciones estructurales y específicamente, en este caso, la situación del petro-estado; y 5) La capacidad de influencia de actores internacionales clave respecto a la democratización.
N del E: El desarrollo de estas variables será expuesto en la segunda parte de este artículo, que publicaremos en la próxima Edición, la número 100 de nuestra revista

lunes, 1 de febrero de 2016

LA ECONOMIA CAPITALISTA AÚN NO SE HA INVENTADO

Prodavinci Enzo del Búfalo: “La economía no capitalista aún no se ha inventado”; por Hugo Prieto

El paraguas de la política tiene un diámetro mucho mayor que el de la economía, pero este último es autónomo y tiene sus propias reglas. Enzo del Búfalo, además de Economista, es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela. Quizás por esa razón se mueve de un nivel a otro como pez en el agua. Del Búfalo fue ministro de Cordiplan y director del desaparecido diario Economía HOY. Tiene en su haber una larga trayectoria académica y profesional. En 2012  publicó el libro “Adiós al Socialismo”, que causó un verdadero revuelo en la izquierda venezolana. Sus opiniones se enmarcan en un agudo ejercicio de la racionalidad. La política económica tiene tres ejes, la política fiscal, la política monetaria y la política de distribución de la riqueza, “no nueve motores ni 24 hélices; uno de los fundamentos característicos de este gobierno es que carece de todo conocimiento, de toda capacidad, para comprender cómo funciona una economía moderna”. El gobierno de Hugo Chávez y la extensión que significa Nicolás Maduro en Miraflores exacerbó la mentalidad rentista, hasta el punto de que los especuladores descubrieron que no hacía falta industrializar algo para ponerle la mano a la renta petrolera, porque bastaba ser amigo del ministro o estar en el lugar adecuado, con una silla y un teléfono como máxima inversión. Del chavismo reivindica la politización de las grandes masas de venezolanos pobres. Lo que de inmediato dificulta la solución de los problemas, pero que en sí misma representa una gran ventaja. El barril de petróleo cayó por debajo de 20 dólares y el gobierno decretó el colapso del modelo rentista. ¿Realmente es tan fácil anunciar el fin de una era y el comienzo de otra? Ese anuncio pudiera tener cierto efecto mediático, pero el modelo rentista en Venezuela se agotó hace mucho tiempo, lo que pasa es que el gobierno no se había enterado… hasta ahora. Y cuando tuvo oportunidad de transformarlo en un modelo productivo de verdad, prefirió agudizarlo, por razones políticas. Todas las decisiones que tomó Hugo Chávez tenían el objetivo lograr un dividendo político inmediato, con absoluto desconocimiento del tema económico. Esto, en realidad, es característico de gobiernos anteriores, pero para el gobierno chavista se llegó al extremo de que realmente la economía no existe. Y ese es el verdadero rentismo, el rentismo mental. Es como el hijo de papá, para el cual la economía no existe, sólo es el dinero que le da papá. Todo lo demás no cuenta. O papá me dio dinero o no me dio dinero. Eso es todo el drama económico que puede tener un hijo de papá. Esa intención de obtener dividendos políticos impidió que el gobierno de Chávez definiera una política económica, un modelo coherente. Pero el presidente Maduro anunció nueve motores para reactivar la economía, ¿eso corrige, digamos, la falla de origen? Esos anuncios a mi me recuerdan a Mario Moreno Cantinflas… sin la vis cómica que tenía el gran mexicano. Son enunciados que no dicen nada. Este gobierno no ha entendido que el comportamiento de los agentes económicos depende de las políticas económicas. Es decir, el gobierno es como un arriero, tiene que arriar el ganado. La culpa no es de las vacas si se van para un lado, sino del arriero que no las sabe manejar. Pero aquí se invierten las cosas. El doctor Pangloss (el famoso personaje de Voltaire) decía que la nariz había sido hecha por la naturaleza para poder llevar anteojos; no, es al revés, los anteojos se diseñaron para poder ser apoyados en la nariz. Esta lógica panglosiana se define en lo que ellos llaman la guerra económica. Es verdad, son las políticas equivocadas del gobierno las que generan una serie de fenómenos negativos que han destruido el aparato productivo venezolano, el nivel de vida y la productividad.  ¿Todo se reduce a la ignorancia? Como el gobierno no tenía plan económico ni comprensión de la economía, empezaron a tomar medidas sobre la marcha. Al poco tiempo advirtieron que esas medidas tenían un efecto económico. Y eso creó las condiciones óptimas para que alguien que no tuviera calificación profesional o laboral de ningún tipo pudiera especular. Se creó un nuevo mundo, patrocinado por el Estado, para los especuladores. Voy a referir un ejemplo: cuando llegó Chávez al poder había una crisis en la industria avícola venezolana. Escaseaban los pollos en el mercado y Chávez decidió importar, sin tomar en cuenta ninguna consideración. ¿Qué significa esto? Que efectivamente se importaron los pollos, porque había dólares. Y esto agravó aún más la situación de la industria venezolana, que prácticamente quebró. ¿Pero qué es lo interesante de esto? Que mucha gente descubrió que importando pollos, porque era amigo del ministro o estaba en el lugar adecuado, se podía ganar un realero sin hacer nada, como comisión. Por ahí aumentó la corrupción y el empuje político de importar a cada rato. La estrategia de Chávez pasaba por sustituir a la vieja clase política que dirigía al país. ¿Ese objetivo se puede verificar con hechos o sencillamente se creó una nueva clase de especuladores? Uno de los problemas que había en Venezuela es que el modelo de sustitución de  importaciones había generado un sistema clientelar entre Estado y grupos empresariales. Parte de la corrección del modelo rentista pasaba por extirpar ese elemento. Que los empresarios venezolanos, más que relacionistas públicos, fueran tomadores de riesgos, que es lo que hace un empresario de verdad. Chávez, efectivamente, rompió ese clientelismo tradicional, repartiendo las migajas de ese modelo. Una parte fue excluida, digamos, la que se opuso radicalmente al chavismo. Otra fue integrada. Hemos visto a varios representantes de la vieja oligarquía formar parte del órgano de la economía productiva creado por Maduro. Se creó, efectivamente, un nuevo clientelismo político y económico, con la diferencia de que este es mucho peor que el anterior. El otro, al menos, intentaba industrializar algo antes de ponerle la mano a la renta, estos lo simplificaron todo, sin tomarse la molestia de montar una fábrica o alquilar un galpón, vamos a hacer negocios con un teléfono y con una silla, porque eso es lo máximo que estoy dispuesto a invertir. Lo curioso es que mientras se agotaba el modelo, pero se agudizaba la mentalidad rentista, hubo una contundente demostración de hastío, de rechazo, en 1998. Ahí está el aluvión que siguió a Chávez. ¿Lo que ocurrió el 6-D es una nueva manifestación de ese hastío, de ese rechazo? Sí, pero con una diferencia, aquél era más psicológico que material, era el hastío de una generación de venezolanos que había saboreado (en la década de 1960, e incluso en la década del 70), la sensación de que Venezuela era un país que podía alcanzar el desarrollo. ¿Había un escenario, no? No sólo era un sustrato psicológico o de emociones. Sí, había una realidad que propició ese estado de ánimo, esa sensación de que mañana iba a hacer mejor que hoy, que incluso se prolongó hasta que Petkoff lo sintetizó con aquella frase “estamos mal, pero vamos bien”. Esa generación de venezolanos, que sufrió el impacto del viernes negro (1983) y la agudización de la crisis en los años 90 —pero que aún tenía esa visión de lo que Venezuela podía ser—, se enteró muy pronto de que no se podía regresar tan rápido a esa Venezuela o que no se podía regresar más; a eso le siguió el deterioro progresivo, el estancamiento en que cayó el gobierno de Caldera, y la gente se convenció de que esa dirigencia, que había manejado mal al país, que había roto ese sueño, debía ser castigada. De ahí el triunfo clamoroso de Hugo Chávez. Chávez se benefició de dos cosas. Uno. Del resentimiento de las clases populares que habían sido abandonadas, silenciadas, invisibilizadas, por AD y Copei, a partir de la crisis del 83. Y dos, de la clase media que estaba obstinada de ver gobiernos que no ayudaban a Venezuela a hacer ese cambio, que estaba planteado desde hacía mucho tiempo. Pero usted dijo que el aluvión que se manifestó el 6-D era mucho peor. ¿En qué sentido? Si consideras a la sociedad como tal, gran parte del 89 era decepción subjetiva, ¿no? Después de todo, se trataba de ser un latinoamericano más, no ese privilegiado de los años 70. Al menos, te podías manejar en ese mundo. Aquí no. Esa gente que votó contra Maduro vive una realidad totalmente desconocida, de escasez, de empobrecimiento abrupto, de contracción real del aparato productivo, del nivel de productividad y, por lo tanto, del nivel de vida, que obedece a una situación mucho más grave: a la destrucción del aparato productivo venezolano. Quisiera indagar en esa realidad psicológica, emocional. En los 90 nos toca ser latinoamericano, nos toca vernos en el vecindario, pero ahora los vecinos están mucho mejor que tú y son motivo de envidia. Tenemos una situación, incluso relativa, con respecto al resto de América Latina que es muchísimo peor, por dos razones. Una, porque esos países mejoraron y dos, porque nosotros desmejoramos. Por las dos vías, unos subían y nosotros bajamos. Pero lo más grave, o lo que expresa lo que pasó el 6-D, es que ahora nos encontramos con ciertos elementos que agravan la crisis y que no existían en 1998, por ejemplo, un aparato productivo totalmente destruido, condiciones macroeconómicas mucho peores a las que existían en esa época, una situación social (marcada por la violencia) que impide la aplicación de soluciones eficaces a corto plazo, una corrupción generalizada, capilar, que el gobierno convirtió en cotidianidad.El gobierno de Chávez abandonó los programas sociales focalizados en los sectores más vulnerables. ¿Cómo se va a identificar a esos sectores? ¿Cómo se puede mitigar el impacto de la crisis en esos sectores? Cuando uno analiza cómo es que pasamos de los programas focalizados a las misiones, se advierte que no hubo una reflexión, una planificación de estrategia política económica, sino puramente improvisación. En 2002, Chávez advierte que no tenía políticas sociales y que eso lo podía tumbar, como de hecho ocurrió. Por consejo de   autoridades caribeñas, dicen, inventó las misiones, sobre la base de un financiamiento muy abundante, porque la renta petrolera empezaba a crecer. Se generó una administración paralela al Estado y un gran desorden financiero, un gran elefante, y una situación que generaba oportunidades para quedarse con buena parte de la renta petrolera, tal como ocurrió con la crisis de la industria avícola, a la que me referí anteriormente. Las misiones se convirtieron en un valor en sí mismo para el gobierno. Lo que tenía que ser un paliativo, lo que tenía que ser una respuesta provisoria frente a una emergencia, se convirtió en otra fuente de corrupción. ¿Qué se va a hacer ahora? Porque seguramente no nos podemos quedar ni con lo que había ni con el elefante que se creó, pero la gente está allí, las necesidades de la gente están allí. Por eso es que la gente de la oposición se ha dado cuenta de que políticamente no puede hablar de eliminar las misiones. Tampoco puede eliminarlas, porque esa estructura que está allí, administrativamente ineficiente, dañina a largo plazo, tiene que ser, de alguna manera simplificada, para atender, precisamente, las demandas de los sectores más vulnerables. El problema básico es uno: no hay recursos y tampoco este gobierno los va a tener, para evitar que esa población sufra lo que está sufriendo. Hay cosas que se pueden hacer, pero eso implica tener el aparato del Estado en sus manos. Habría que indagar más a fondo para saber cuál es el grado de complicidades y de poderes locales en que se ha vuelto este país. Venezuela se ha convertido en un gran barrio, donde en cada cuadra hay una banda que pelea contra otra. La única solución estructural para superar la pobreza es incorporar a la población, en su conjunto, al aparato productivo para que devengue un salario que eventualmente les permita vivir bien. Otro elemento negativo es la inflación, que en Venezuela registra récord mundial. De eso se habla muchísimo, pero más grave que eso, que ya es una cosa gravísima, es el absoluto desquiciamiento de los precios. Los precios tienen una función en la economía, son reguladores como los semáforos. Tenemos un semáforo que a veces es verde, amarillo, rojo, entonces el tráfico, simplemente, se vuelve un ocho. Una corrección de los precios es necesaria y rápida para que las cosas empiecen a funcionar más o menos, gran parte de la escasez, está dada por eso, ¿no? Mucho más eficaz que los programas focalizados, que los paliativos, es pasar a lo que en otros países llaman la renta de ciudadanía (un ingreso mínimo generalizado), que elimina distorsiones y la corrupción de los subsidios. Eso hay que calibrarlo bien, para que no desestimule el empleo. Tiene que ser bien orientado, porque debe ir a la gente que efectivamente lo necesita. Eso es más efectivo, más sencillo, más fácil, que todos estos aparatajes de misiones e incluso que los programas focalizados, que también son una fuente de corrupción. De manera que sí hay políticas sociales en la relación del Estado con la economía, claro, sobre la base de que uno tiene una economía de mercado, porque la economía no capitalista no ha sido inventada todavía.  Las economías que no son capitalistas son atrasadas y para ejemplo tenemos la venezolana. Esto no es una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. Si fuera una economía esclavista tradicional o la economía de una sociedad sin Estado, sería mucho mejor. Está es una economía capitalista sumamente enferma. Esto es como un juego de béisbol donde los peloteros tiene que obedecer las reglas de los futbolistas. Es un enredo total. Eso es lo que más o menos define el socialismo del siglo XXI en Venezuela. Una economía capitalista que se quiere jugar con otras reglas que, además, se las inventó el gobierno, ni siquiera son las del fútbol, ese es un beneficio que yo le doy a una cierta racionalidad que ellos no tienen. Lo importante es que se simplifiquen los mecanismos y se llegue al equilibrio entre el Estado y la economía, una economía que funcione sobre la base del mercado, con ciertas restricciones, como tiene que haberlas en la economía capitalista moderna, porque es mentira que una economía capitalista funciona sin el Estado como dicen los neoliberales. Eso no es verdad. Tiene que haber tres ejes de política, no nueve motores o 24 hélices o lo que sea. Son la política fiscal, la política monetaria y la política de distribución del ingreso. Son las tres claves para un crecimiento sostenido y equilibrado. El chavismo politizó a la base social del país, le dijo que podía construir un imaginario distinto, que podía ser protagonista del asunto político. ¿Qué se  podría rescatar de allí y que podría contribuir a solucionar los problemas del país? Nada es totalmente blanco o negro. Es verdad que el chavismo nos llevó a este desastre y es el precio que hemos pagado. La democracia venezolana, en sus inicios, había cuidado la integración de las masas empobrecidas de venezolanos en un mecanismo político que tenía bastante de clientelar, pero que en alguna medida funcionaba. Haberlas olvidado, marginado, durante 20 años, llevó al chavismo. El chavismo las reintegró a la sociedad y con eso corrigió no sólo el error del bipartidismo adeco-copeyano, sino que además corrigió un error histórico en Venezuela. ¿A qué se refiere? Si uno recuerda bien el chavismo en su origen, cuando ellos hablaban de Zamora, del árbol de las tres raíces eso tenía un núcleo de verdad, descontada la parte demagógica que siempre hay. Y era que en Venezuela, desde la Guerra Federal había quedado pendiente un problema. ¿Cómo integrar a los esclavos y a los descendientes de los esclavos a una sociedad moderna? El drama de Venezuela es que entre la abolición de la esclavitud y la aparición del petróleo (un poco más de medio siglo, a lo sumo tres generaciones) grandes masas de venezolanos pasaron de depender del hacendado a una sociedad donde la mayor parte de la riqueza viene a través del Estado. Pero el sustrato es una mentalidad rentista, tanto la del pordiosero que vive de las dádivas como la del nuevo rico que viaja en sus propios aviones. Eso genera subjetividad, maneras de ser, estilos de vida y actitudes. Yo creo que el chavismo resolvió ese problema. Es decir, ya no es posible para ninguna fuerza política que venga ignorar a esas grandes masas. O para manipularlas con fines electorales. Esa gente se acostumbró a tener participación política, le hicieron creer que venía una Venezuela mejor y eso los decepcionó, eso fue lo que los hizo votar en contra. Pero la autoestima, la certeza de tener capacidad política y mantener la visibilidad social, eso, creo yo, es irreversible y es una ventaja a largo plazo. ¿Eso es lo que dificulta la solución del problema? En otro tiempo, en otra Venezuela, esto se hubiera resuelto en dos noches, un ruido de sables o de cañones, pero eso ya no es posible resolverlo así

domingo, 24 de enero de 2016

El bolsillo roto de la clase media

El bolsillo roto de la clase media

La pobreza reciente se asocia directamente al ingreso y no a las condiciones estructurales
La pobreza reciente se asocia directamente al ingreso y no a las condiciones estructurales
La mitad de los no pobres cruzó la línea hacia la pobreza en 2015. La inflación, la escasez, el deterioro de los servicios y la depreciación del bolívar han golpeado a la clase media que vive de un salario que se queda corto cada día. Hasta 2007 una pareja de profesionales podía acopiar capital para estabilizarse, comprar vivienda y otros bienes, pero el deterioro económico del país, que se aceleró en los últimos tres años, estancó esas posibilidades. En 2011 un estudio de la UCAB calculó que la clase media representaba 19,7% y para 2015 Datanálisis la ubicaba como 17,7% del país. El ingreso de las familias de este estrato debería ser 4 veces mayor que la canasta alimentaria –que en diciembre alcanzó 93.600 bolívares– para que el hogar no esté en riesgo de empobrecerse en caso de una contingencia
Cuando se casó, hace 30 años, Pascua Bitteto pudo alquilar un apartamento tipo estudio en Chacao. Ella era gerente de ventas y su esposo técnico electricista; cada uno ganaba 3.000 bolívares de los que no eran fuertes. Al poco tiempo pudieron comprar un apartamento en el mismo municipio que compartían con sus 3 hijos. Los niños recibieron educación primaria y secundaria en escuelas privadas, y terminaron siendo profesionales egresados de las universidades Central de Venezuela y Simón Bolívar.
Hace seis años Bitteto se divorció, su hija se fue del país –sus otros dos hijos se fueron dos años más tarde– y hubo que vender el apartamento para dividir los bienes. Ahora vive en una habitación en El Marqués porque con lo que obtuvo de la separación no le alcanzó para adquirir una nueva vivienda; y con su sueldo como empleada de una floristería y la pensión no le alcanza para alquilar un apartamento completo.
“Ni siquiera porque vivo sola tengo dinero para ir a comer a un restaurante. Cuando mis hijos estaban pequeños salíamos todo el tiempo a comer, al parque o al cine. Hasta nos íbamos de vacaciones. Ahora puedo pasar hasta tres días comiendo lo mismo y no compro lo que quiero, sino lo que consigo”.
Bitteto se considera parte de una clase media empobrecida. “La clase media desapareció. Solo hay ricos y pobres. El rico cada día tiene más y el pobre se acostumbró al deterioro de la calidad de vida”, opina.
Junto con la velada cifra de la inflación, que el Banco Central de Venezuela aún no divulga totalizada para 2015 y otros indicadores que el gobierno no quiere mostrar en público a la Asamblea Nacional, otro dato alarmante se perdió en la bruma electoral de fin de año. Los resultados de la segunda Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela –realizada por las universidades Católica Andrés Bello, Central de Venezuela y Simón Bolívar– en el capítulo referido a pobreza y misiones sociales, revelaronque durante el año 2015 la pobreza reciente se ubicó en 47,1%. Hay quienes no eran pobres y tuvieron que bajar de escalón. A la clase media se le abrió un hueco en el bolsillo.
La pobreza reciente se asocia directamente al ingreso y no a las condiciones estructurales, como asistencia escolar, hacinamiento, viviendas inadecuadas o servicios deficientes. Sin embargo, el sociólogo Luis Pedro España, responsable de la investigación, señala que si no se toman los correctivos necesarios en la economía y las familias en esta situación comienzan a asumir decisiones de emergencia para solventar la crisis de ingresos, como la liquidación de activos, o que el joven de la casa abandone sus estudios y comience a trabajar o que un miembro de la familia que no trabajaba –porque cuidaba a un pariente enfermo, por ejemplo– ahora se vea obligado a hacerlo, constituyen un riesgo para que la situación de pobreza se agrave.
En la evaluación que hicieron en 2014 –un estudio que no se repetía desde la Encuesta Social de 1998 del INE– los hogares en pobreza llegaban a 48,4% y en el caso de las personas a 52,6%. En 2015 esos porcentajes sufrieron un incremento significativo: 73% de los hogares del país y 76% de los venezolanos están en pobreza por ingresos.
Los resultados de la Encovi 2015 muestran que los hogares en situación de pobreza aumentaron 53% en un año, la pobreza extrema se duplicó, todos los pobres no extremos de 2014 ahora son pobres extremos; y la mitad de los no pobres de 2014 se convirtieron en pobres en 2015. En esta clasificación quedó Bitteto luego de decidir divorciarse.
“Si la economía se reactiva ese grupo de clase media que pasó a ser pobre tendría los atributos y las habilidades para recuperar su ingreso, ya que cuentan con educación, capacidad de insertarse en el mercado laboral, experiencia y destrezas para el trabajo; pero es indispensable que se reanime el aparato productivo y que se creen condiciones de equilibrio y recuperación de la confianza en la economía nacional”, subraya España.

Movilidad de clases. “Nací en un hogar de clase media, llamado por algunos clase media baja, ¿y por qué baja? ¿Será de bajos ingresos? Me siento orgulloso de ser de un hogar de la clase media caraqueña, pero en el transcurso de la vida tomé una opción de vida, así como quien toma la opción por Cristo, tomé la opción por la clase obrera y por la historia del socialismo”, contó el presidente Nicolás Maduro el 6 de enero en cadena nacional, cuando anunció la nueva alineación de su gabinete con el que intentará enderezar la severa crisis que analistas atribuyen a la implementación de un modelo político-económico errado.
Cambiar de clase social no siempre es una opción exclusiva de la voluntad individual, como creer en Cristo y como asegura Maduro que es su caso. El estudio La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina, presentado en 2013 por el Banco Mundial, define a la clase media como aquellos que tienen menos de 10% de probabilidades de caer en la pobreza. La investigación dice sobre Venezuela que el país es el que ha mostrado mayor movilidad descendente entre 1992 y 2006, considerando el ingreso. Estos resultados se contradicen con el Proyecto Pobreza del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB (IIES), elaborado por Luis Pedro España, que tomando en cuenta la educación, el ingreso y los activos del hogar determinó que entre 1997 y 2007 la clase media sí mostró un leve crecimiento, pasando de 11,1% a 12,7% de la población en esa década. Hasta 2007 parejas profesionales con empleo pudieron juntarse para comprar apartamento y vehículo, hacer viajes y tener el colchón necesario para comenzar una familia.
Lissette González, investigadora del IIES, ha abordado la distribución de la población venezolana según clase social, tomando como referencia la Encuesta de Hogares por Muestreo, realizada por el Instituto Nacional de Estadística en los años 2003, 2007 y 2011. En sus estudios encontró que en el año 2003 la clase media representaba 4,8% del país, en 2007 aumentó a 22,1% y en 2011 volvió a descender hasta 19,7%.
“Al hacer la medición por ingreso, este debe ser cuatro veces más alto que la línea de pobreza, para que los hogares sean considerados como clase media. Si el ingreso es solo un poco mayor que la línea de pobreza –que se mide con referencia a la canasta alimentaria– se considera que se está en condición de vulnerabilidad porque el ingreso está sujeto a contingencias, como puede ser una enfermedad”, explica González.
De acuerdo con su investigación, en 2007 hubo un aumento del porcentaje de la población que podía considerarse como clase media porque fueron los años de bonanza económica por el repunte de los precios petroleros. En 2015 la caída del poder de compra del salario de los venezolanos fue de 46%. El número de salarios mínimos requeridos para comprar la cesta alimentaria pasó de 3,5 salarios mínimos en diciembre de 2014 a 9,7 salarios mínimos al final de 2015, según los reportes del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros. Para pagar los gastos básicos una familia requería el mes pasado 93.600 bolívares. En un año este indicador aumento 443%.
La mayoría de la población de clase media se ubica en el segmento de trabajadores formales. Tienen empleos estructurados y relaciones contractuales con sus patronos. Luis Vicente León, presidente de Datanálisis, señala que esta condición les dificulta surfear la ola de la inflación –que en 2015 cerró, según cifras extraoficiales, en 270,7%–. “En términos relativos podrían verse más afectados que el estrato E, donde se encuentran quienes forman parte del sector informal de la economía, la mayoría de trabajadores por cuenta propia o buhoneros, que son distintos a los bachaqueros. Los trabajadores informales logran compensar sus ingresos porque reciben una comisión de venta que está vinculada con el precio de la mercancía que sube con la inflación o está por encima”, explica León.
Es así como la clase media, con poco tiempo para hacer colas en supermercados, termina pagando un sobreprecio  que al final de la cadena beneficia al estrato más pobre.
La encuestadora Datanálisis en el foro Tendencias del Consumidor Venezolano 2015, realizado en mayo, mostró una radiografía de la realidad del país. Por estrato socioeconómico 2,4% de la población está en el segmento A/B, con un ingreso promedio familiar de 131.230 bolívares; 17,7% está en el estrato C y su ingreso promedio familiar es de 43.488 bolívares; 35,7% está en el estrato D, con ingresos que llegan a 18.522 bolívares; y el estrato E cuenta con un ingreso promedio familiar de 12.446 bolívares y lo ocupa 44,2% de la población. Este indicador, además del ingreso toma en cuenta la ubicación de la vivienda, el tipo de vivienda, nivel de instrucción del jefe del grupo familiar y posesión de activos.
El estrato C podría identificarse con la llamada clase media porque cuentan con ingresos que cubren la totalidad de sus necesidades.
Cambian hábitos. Lo que permite a la clase media hacer frente a la crisis es su posibilidad de cambiar hábitos de consumo. Aunque no hay cifras oficiales sobre su descenso, se calcula que el consumo cayó 5,4% en el año.
Bitteto además de ver desmejoradas las condiciones de su vivienda también vio descender la calidad de su alimentación. Agradece no ser muy amante de la carne, porque de serlo no podría comprarla; pero sí lamenta la desaparición de los huevos y el alto precio de los granos. “A veces paso tres días comiendo lo mismo. La alimentación es pésima porque los venezolanos solo consumimos harina y ahora no nos alcanza para la proteína”, afirma.
Maritza Landaeta, investigadora de la Fundación Bengoa, subraya que el venezolano optó por la decisión más inteligente que es la de sustituir algunos alimentos; y ha optado por preparaciones múltiples como sancochos (que incluyen verduras y vegetales), pasteles tipo polenta hechos con vegetales y tortillas. Ahora también aprovechan el hueso de la gallina o del lagarto en los hervidos. “Se trata de una clase rendidora. Si no hay papa, les aconsejamos aprovechar la batata y la yuca. El efecto es que ahora se usan alimentos que antes no se utilizaban”. Agrega que bajó el consumo de todos los alimentos que son fuente de proteína de origen animal. “Se come carne cuando se consigue y cuando se puede pagar”. Esta búsqueda incansable de alimentos subsidiados ha causado que en promedio una persona vaya hasta cuatro veces por semana al supermercado: “Hay un desgaste que tiene un impacto en la productividad laboral y causa estrés”. Esta situación, además, deprime a 35% de la población que señala que le preocupa no tener cómo alimentar a su familia y, por otro lado, causa que cada vez se unifique más la dieta del venezolano, sin importar la clase social. “El poder adquisitivo está tan deteriorado que ahora hasta quienes se reconocen como clase media van a Mercal”. Al respecto, España subraya que “más de 6 millones de venezolanos o comen subsidiado o no comen”.
En un complejo residencial en Prados del Este, la cartelera informativa del vecindario empezó a registrar el golpe de la crisis hace unos meses. La lista de propietarios morosos, que antes no pasaba de dos regulares incumplidos, comenzó a crecer. “La crisis está golpeando a la gente, hay quienes prefieren atrasarse con el condominio para poder pagar la comida o el colegio”, dice una vecina sorprendida por una lista que ya supera los diez nombres.
Las condiciones de la clase media también se han visto afectadas en cuanto a la calidad de los servicios públicos. 38,4% de los hogares que tienen acceso al acueducto (81,3%) no tiene servicio continuo de agua; y 86,4 % de los hogares que tienen servicio eléctrico sufren interrupciones y apagones, de acuerdo con los resultados de la Encovi 2015 sobre vivienda y servicios.
Menos desigualdad. Lo ideal en un país es que la mayor cantidad de población sea de clase media, explica Marino González, especialista en Políticas Públicas. “Los que forman parte de este grupo producen, emprenden, tienen mayor autonomía porque tienen nivel educativo, recursos, ahorros, vivienda y más facilidades para insertarse al mercado productivo”. En consecuencia, González califica como un desastre que 76% de los venezolanos sean pobres.
Señala que desde 2014 se están cosechando los resultados de varios años de caída de la actividad económica. “Ese año la economía retrocedió 4% y en 2015 la caída fue mayor, hay cálculos que indican que puede ser hasta de 10%. Una economía puede caer, pero si la inflación es baja se amortigua; de lo contrario el ingreso cae mucho más”.
La última vez que la inflación en Venezuela estuvo por debajo de 10% fue en 1983. Eso también hace cuesta arriba las posibilidades de independizarse de las generaciones más jóvenes. “Tenemos 32 años con una inflación tan alta que se ha distorsionado el acceso a los préstamos hipotecarios. La gente no puede comprar, porque hay un problema serio que les impide acceder a bienes duraderos”.
Para Bitteto, lo más lógico que pudieron hacer sus hijos fue haberse ido del país, pues de lo contrario no habrían tenido oportunidad de independizarse: “Con el sueldo que ganaban aquí no podían hacer nada”

jueves, 21 de enero de 2016

LA BARBARIE CIVILIZADA

La barbarie civilizada; por Rafael Cadenas Rafael Cadenas · Wednesday, January 20th, 2016

          “La sociedad moderna se ha vuelto loca”, dice Lawrence en su novela El amante de Lady Chatterley. Hoy, cincuenta años después, no creo que le falten pruebas a quien desee defender su punto de vista, pero tal vez no basten: la aqueja una locura que no podemos ver por estar inmersos en ella. Una enfermedad compartida por una mayoría se vuelve normalidad y ocurre una inversión de sentido en las palabras mismas. Hasta es frecuente que la sociedad tache de enfermo al que señala su locura. Yo siento que esta sociedad es un fracaso, y creo que lo es porque ha olvidado la vida, por haberle dado la espalda, y poner en su lugar valores que se tornan destructivos al no ocupar el puesto que les corresponde. Un buen modo de conocer cualquier sociedad es preguntarnos cuáles son sus ídolos. La nuestra, la moderna, le rinde culto al desarrollo, a la técnica, a la productividad, al beneficio, a la eficiencia; y la vida, en un vuelco incomprensible para el corazón, pasa Prodavinci - 1 / 6 - 20.01.2016 2 a ser medio de llevar a cabo planes que ni siquiera surgen de ella misma sino de la cabeza de políticos, de técnicos, de científicos. La vida como medio ¡qué escándalo! Pero nadie habla de esta subversión. Voy a referirme al desarrollo, que resume a todos los demás ídolos. Un solo hecho sería suficiente para descalificarlo: desde su perspectiva, el hombre es visto como recurso natural, y esto me parece sacrílego. Pero podemos seguir invocando razones, una parte considerable de la ciencia –el 90% dice Levy Strauss– (1) está dedicada a combatir los efectos que, en círculo infernal, produce el desarrollo. Esta afirmación se me antoja patente en medicina y ciencias afines a ella. Las exigencias de la cantidad han llevado a una baja de la calidad en casi todos los órdenes. Las ciudades se han convertido en inmensos garajes. Van dejando de ser lugares creados por el hombre para volverse hechuras de ese desarrollo para el cual lo humano no existe. Los científicos nos están advirtiendo desde hace años sobre los peligros que ellas representan, pero nuestra capacidad de reacción no está a la par de esa conciencia admonitoria. Lo que Ortega llamaba el lleno las hace incómodas; a menudo escenarios de espera; forcejeos, luchas. El automóvil, de auxiliar del hombre se ha vuelto, por su número excesivo, enemigo público, pero cuyo poder es tal que no puede ser llamado a juicio. Es la principal fuente de envenenamiento que existe, constituye una especie de peste de nuestra Edad Media, y la gran ciudad le quita mucho de su eficacia. Pero no deja de producirse, proliferar, invadir. La ciudad tampoco ofrece espacios para el juego, ni recodos para el vivir propio de la polis, ni siquiera lugares para caminar. En los reducidos agujeros de sus feos edificios se mustia una humanidad que todo lo soporta, que posee una capacidad infinita de vivir sin percatarse del daño que esta civilización le ha hecho, de lo poco que le concede y de lo mucho que ha perdido. El desarrollo invalida muchos de sus mismos logros, lleva a una destructividad que el mundo no había conocido, y creo que ese es el destino de toda la actividad que se realiza desde una posición que patentiza nuestra más grave pérdida del sentido de lo sagrado. ¿Cómo es el hombre de hoy, el que predomina en nuestro mundo, el hacedor y la hechura de esta sociedad que a su vez pertenece a una civilización? Es un hombre de ninguna o muy poca religiosidad, aunque pertenezca a iglesias. Carece del don del asombro. Sólo admira si acaso, lo que hacen manos humanas. Es un ser indigente en lo ontológico, desconectado de la historia, aéreo, sin tierra, al que la técnica le suple carencias que no pueden suplirse, un sonámbulo embriagado con triunfos temibles. Es también un hombre que cree en un futuro radiante en el cual todos los problemas serán resueltos, perdiendo así el presente, que le llega despotenciado y, paradójicamente, no posee o tiene muy menguada la capacidad de prever; es el Prodavinci - 2 / 6 - 20.01.2016 3 hombre menos previsor. Vive en el presente, sin preocuparse de los efectos de lo que hace sobre el futuro, y al mismo tiempo las fantasías de futuro que pueblan su mente desvaloran el presente en que vive. Es asimismo un hombre al que una historia que lo lleva, ha puesto de espaldas a la cultura humanística en vías de extinción. Me atrevo a decir que la civilización la está destruyendo, y creo que hoy el problema capital no es ya la lucha de la civilización contra la barbarie, de la que tanto se habló en este Continente, sino la lucha contra la barbarie dentro de la propia civilización. Es un hombre enlazado con el mundo por los medios de comunicación como nunca había ocurrido y, al propio tiempo, limitado por el nacionalismo, portador de guerras. La técnica lo obliga a ser cosmopolita, y sin embargo no puede desaferrarse de su nación. Aunque viaje mucho, no lo sentimos ciudadano del mundo, pues le falta el sentido universal que asociamos con esta expresión. Es un hombre sometido por esos medios a una desensibilización que le permite recibir con indiferencia todos los horrores de la historia actual que ellos depositan en su casa. Un hombre que no se rebela a la vista del crimen, a quien ningún escándalo estremece. Esos asombrosos medios, que podrían ser formativos, sirven muchas veces a la estupidez. Es un hombre peligrosamente optimista, casi tan optimista como los políticos. Un hombre que no ve el peligro que él mismo representa, es decir, sin contacto con su potencial destructivo, ese potencial que todos llevamos, y ante el cual se encuentra inerme precisamente porque no lo sospecha, pues no hay educación que se lo señale. Su mundo es sólo el mundo de sus intenciones conscientes, un mundo dorado como el de esos avisos de televisión donde ya no se camina, se flota; donde la magia de la técnica le muestra al televidente el paraíso al alcance de la mano. Un hombre de gran rigidez interior que contrasta con su interés en los cambios externos. Un hombre que no tiene tiempo porque teme tenerlo; no sabe estar inactivo: ignora que no hacer nada es importante. Un hombre cuyo costado estético se ha debilitado o ha desaparecido; con tendencia a la intolerancia ante las ideas, pero muy tolerante frente a los estragos del desarrollo. Indiferente ante la naturaleza –si pudiera, se pondría a rehacerla– le tienen sin cuidado las heridas que su civilización le inflige: la destrucción de una colina que necesitó millares de años para formarse, el arrasamiento de un bosque, la desaparición de un río. Esta es una época en que los ríos mueren, en que podemos ir a visitar un río y no encontrarlo. Hijo de una civilización en que la economía ocupa el puesto que antes tenía Dios, en una hipertrofia que se ha extremado, no concibe ya que la conciencia pueda gobernar la sociedad. “La economía ha disuelto prácticamente todas las estructuras tradicionales de la sociedad en el curso de los siglos XIX y XX; primero la familia, después el municipio, las costumbres populares y la nacionalidad” y al incorporar zonas que estaban al margen ha destruido “los fundamentos espirituales y morales de la sociedad en todos los confines de la tierra” (2). Si tuviera que resumir los agravios de esta sociedad y los rasgos del hombre que esta civilización ha producido, diría que Eros hace mucho Prodavinci - 3 / 6 - 20.01.2016 4 emprendió la retirada y no hay signos que indiquen en el mundo un viraje capaz de detenerlo. Antes no se hablaba de desarrollo sino de progreso. Sobre este punto quiero decirles unas palabras. Según los estudiosos, la idea de progreso es moderna. Sidney Pollard dice que “la mayoría de los griegos se inclinaban por una teoría cíclica de la historia… Situaciones semejantes se repetían indefinidamente. Otros pensaban en términos de una caída de la gracia, o de movimientos sin ninguna finalidad” (3). La idea de evolución y progreso no encuentra apoyo en la antigüedad. “La experiencia no favorecía la creencia en un movimiento ascensional y la mitología más bien sugería un descenso de la dorada edad heroica” (4). A. Mazzeo es rotundo: “Antes del siglo XVII la humanidad no conocía la noción de progreso continuo, sin límite, en ascenso lineal desde un estado inferior” (5). “Hasta los renacentistas, que representan un vuelco, sólo expresaban la esperanza de que rivalizarían con la antigüedad clásica en brillantez, saber y gloria” (6). R. Dodds es más cauto. Matiza más sus afirmaciones y su estudio se refiere sólo a Grecia y a Roma. Dice que sólo en el siglo V y durante un período limitado la idea de progreso penetró en el sector educado de la población. Después de ese siglo las principales escuelas filosóficas le fueron hostiles o restrictivas. En todos los períodos, las manifestaciones sobre esta idea se refieren al progreso científico. La tensión entre creencia en un retroceso moral está presente en muchos autores antiguos, y agudamente en Platón, Posidonio, Lucrecio y Séneca (7). La idea de progreso logra su apogeo en el siglo XIX. Nadie la expresa mejor en esa época que William Godwin un optimista a toda prueba: “el hombre es perfectible, o en otras palabras, susceptible de perpetuo mejoramiento… estamos avanzando hacia una situación en la cual la verdad será demasiado conocida para uno equivocarse, y la justicia demasiado habitual para contrarrestarla voluntariamente” (8). Esto fue escrito mucho antes de las dos últimas guerras mundiales, los campos de concentración, la bomba de hidrógeno, la “sólo mata gente”, el peligro ecológico. En la fantasía de que el hombre es indefinidamente mejorable, la idea de progreso llega a su punto más alto, alcanza alturas celestiales. La sombra queda disuelta en el espejismo. El entusiasmo ilimitado de Godwin procedía de su fe en el poder del intelecto –no pensaba infortunadamente– en el intelletto d’amore. El único obstáculo ante el progreso era el inadecuado dominio de la razón. Mientras más sepamos, más morales seremos y más capaces de crear con certeza matemática las precondiciones de nuestra felicidad. Sólo se requiere la mejora de la facultad de razonar, la “reasoning faculty” para hacer al hombre virtuoso y feliz. Seamos sinceros: Godwin tiene todavía continuadores tan fervientes como inexcusables. Si en aquél había candor, éstos bordean la estulticia. Aunque la idea de Prodavinci - 4 / 6 - 20.01.2016 5 progreso sea moderna, ellos no pertenecen a nuestra época, no son nuestros contemporáneos. La nota que distingue a nuestro tiempo es un inquirir radical que ha hecho de esa idea uno de sus blancos, abriendo así, negativamente, una vía que pudiera conducir a una vida diferente, de ritmo más natural, en la que sea mayor la gravitación del presente. Siento que ya es hora de que los hombres para quienes la cultura es cosa vital, no barniz, digan su rechazo, su gran rifiuto, al progreso que padecemos, salvándolo y salvándonos de la autodestrucción. Hoy la palabra mágica que usamos es desarrollo. La civilización tecnológica moderna señorea el mundo. Se ha extendido por todos los rincones del planeta. Avasalla como un destino todos los países y seríamos hipócritas si nos diéramos a condenarla enteramente al paso que utilizamos sus logros. Señalamos sus calamidades a fin de propiciar la reflexión. La ciencia y la técnica son indispensables, y bien gobernadas, su reverso negativo, que parece difícil de evitar, mermaría considerablemente; pero no pueden encarar el problema humano que en mi sentir es esencialmente psíquico. He tratado de señalar, a grandes rasgos, algunos aspectos de la civilización a la que pertenecemos, la civilización que América Latina ha adoptado acríticamente; aunque en un tiempo se creyó que nuestro Continente podría darle otra fisonomía más humana, y se escribieron páginas vehementes que nos asignaban a los hombres de estas tierras el oficio enorme de custodios del alma. ¿No ha ocurrido aquí más bien lo contrario? Muchos de los males de esta civilización se han acentuado, y debilitado muchos de sus bienes. Sus efectos están a la vista. Ha sido muy implacable con el medio ambiente, indefenso entre nosotros frente a la barbarie de una técnica desbocada, más voraz; al servicio de gobiernos presuntuosos, imitativos, apresurados, sin sentido de preservación, o de empresarios y comerciantes cuyas tropelías caen en el campo del delito, una técnica literalmente en manos de malhechores. Ha sido más desconsiderada también con el ser humano, que en los países industrializados, donde goza de un trato digno. Con su aceleración despiadada ha quebrantado el vivir de un Continente que no ha sabido modularla ajustándola a su propio andar, a los dictados de su psique. Es ésta la que ha tenido que ponerse al compás de ese desarrollo, y todavía no conocemos la magnitud de los estragos que le ha causado, pues sólo podemos ver algunos de ellos. El cambio constante, obsesivo, febril es psíquicamente inasimilable. El alma necesita un tempo exterior, necesita que el mundo no se mueva aceleradamente, con la velocidad que esta civilización le impone. Cuántas veces no vamos a un lugar y no está o ya es otro; el de nuestro querer, ya sólo existía en el recuerdo. Nuestra memoria ha sido arrasada. También las tradiciones, la música, la artesanía de nuestros pueblos se extinguen. Pronto serán material de museo. El desarrollo industrial no conoce sentimientos. Cultura implica conservación, cuido amoroso, guarda del legado que la humanidad va pasándose; no es así este desarrollo. ¿Serán conciliables ambos términos? Habría que exigirle tal vuelco al mundo que planteárselo hoy es ingresar en la utopía. Esta civilización –y el hombre que ella produce– ha tenido críticos implacables: casi todos los escritores de este siglo. Ellos han hecho una crítica a fondo, la crítica de la vida, como decía Mathew Arnold; crítica que está presente en la obra de los autores Prodavinci - 5 / 6 - 20.01.2016 6 que mejor expresan nuestra época, en Mann, en Lawrence, en Huxley, en Camus, en Miller, en todos los escritores que han creado el espíritu de este siglo, y quisiera preguntar, ya que están aquí varios conocedores de la literatura latinoamericana, si en ella hay una actitud de crítica radical semejante a la de estos autores. Mi exposición quería desembocar en esta pregunta pues tengo la impresión, no sé si equivocada, de que nuestra literatura tiende a quedarse en los confines del problema social, problema válido pero sumamente limitado, o se complace en un virtuosismo técnico, sin sangre, en juegos con el lenguaje, como si tras ellos estuvieran esperándonos inauditas revelaciones, en un experimentalismo que a veces parecería tener como única finalidad demostrarnos que el autor es inteligente, lo que me parece muy juvenil; o se adorna con un latinoamericanismo un tanto deliberado que muchas veces se convierte en un obstáculo para ver al hombre sin más, y cuidado si también en velo que nos impide vernos aun a nosotros mismos como latinoamericanos. Tal vez estas limitaciones no la dejan llegar hasta las raíces de la vida, adentrarse en la crisis del mundo moderno que ya es también nuestro mundo. Parecería que estoy contestando mi pregunta; pero créanme no es así. Trato de llevar a ustedes unas cuantas impresiones mías susceptibles de enmienda. Tómenlas como una invitación. ♦ 1. L’Express. Conversaciones sobre la nueva cultura. Editorial Kairos, Barcelona, 1973. p.265. 2. Eugen Bohler. El futuro problema del hombre moderno. Alianza Editorial. Madrid, 1967. Pp. 153-164 3. Sidney Pollard. The Idea of Progress. Penguin Books, 1971. P. 16. 4. P.18. 5. Citado por Sidney Pollard. p. 20. 6. Citado por Sidney Pollard. p. 21. 7. R. Dodds. The Ancient Concept of Progress. Oxford, 1974. 8. Citado por Sidney Pollard

EL DECRETO DE EMERGENCIA OBVIA LOS PROBLEMAS DE LA ECONOMIA.

Efraín Velásquez: “El decreto de emergencia obvia los problemas de la economía”; por Víctor Salmerón
Por Víctor Salmerón | 18 de enero, 2016

De pronto el discurso del gobierno acepta que el país sufre una crisis profunda y emite un decreto de emergencia económica aderezado por el directorio del Banco Central de Venezuela, que tras un  año de atraso, difunde cifras que registran la magnitud de la ola que empobrece a la población: la mayor inflación desde 1950 acompaña a una recesión donde la producción cae por un tobogán que aparenta no tener fin.
El pasado 13 de enero, dos días antes de que el decreto de emergencia permitiera vislumbrar cómo el gabinete económico pretende contener el incesante incremento de los precios, la metástasis de la escasez y la recesión, el Consejo de Economía Nacional emitió un comunicado planteando acciones urgentes para detener el deterioro.
Efraín Velásquez, presidente del Consejo, Ph.D en Economía en Northwestern University, analiza los diferentes aspectos de la propuesta, el impacto que puede tener el decreto de emergencia y la gravedad de esta crisis que, todo indica, al menos se prolongará por lo que resta de 2016.
En comunicado que emitió el Consejo de Economía Nacional indica: “Para aumentar la oferta interna de bienes y servicios, se hace indispensable la mejoría en la asignación de divisas para el financiamiento de importaciones. Ello implica un nivel de reservas internacionales líquidas acorde con las necesidades del ambiente económico”. ¿Cómo aumentar las reservas en efectivo cuando existe un elevado riesgo país que obliga a pagar una altísima tasa de interés para obtener financiamiento, el declive de los precios del petróleo, un gobierno que no ahorró durante los altos precios del barril y unas barras de oro depositadas en el BCV que representan más de dos tercios de las reservas?Las reservas líquidas cerraron el año pasado en 1.500 millones de dólares y actualmente están en tan solo 800 millones. Es fundamental establecer una estrategia para incrementarlas porque es la única manera como Venezuela puede mantener la actividad económica en un ambiente de relativa estabilidad y hacer que el impacto sobre el bienestar de los ciudadanos no sea tan importante.
Eso implica endeudamiento, acudir a organismos multilaterales, créditos de exportación y cualquier otro mecanismo que sea posible y apoye esa estrategia. Venezuela no ha hecho el mejor trabajo en cuanto a la presencia en los mercados internacionales. La última emisión que hizo fue en 2008 y los mercados no tienen información oficial, lo cual hace que ese proceso de endeudamiento en sus comienzos sea lento.
El camino más expedito es cambiar parte del oro a efectivo o utilizarlo como garantía para obtener financiamiento. ¿Esto no incrementaría el nerviosismo del mercado que interpretaría que el gobierno está terminando de raspar la olla?Lo más importante es comprender que es fundamental que las autoridades presenten una visión de futuro que genere confianza, una estrategia formal, técnica, consistente para enfrentar un escenario mundial caracterizado por un descenso relevante en el precio de las materias primas y de los mercados financieros. En la medida en que la estrategia sea consistente los efectos de la percepción internacional serán menos importantes.
¿En esta circunstancia qué implica un plan que permita obtener financiamiento en el mercado internacional en mejores condiciones?El tema central es adoptar una política fiscal prudente, reducir el déficit doméstico. Eso tendría que venir acompañado con un comportamiento del Banco Central donde los agregados monetarios mantengan una dinámica consistente con esta estrategia, algo que adicionalmente llevaría a tasas de interés un poco más altas. Esto haría que la dinámica inflacionaria pierda fuerza y que la volatilidad del mercado cambiario se reduzca.
En ese contexto, con un plan creíble para la comunidad nacional e internacional, las posibilidades de obtener financiamiento externo son más amplias. Debemos tener presente que los mercados, en términos generales, se mueven por las percepciones.
¿No es posible esperar un mayor financiamiento por parte de China?Las autoridades han estado viendo el tema del financiamiento externo atado a acciones específicas y mirando a China como el prestamista de última instancia, algo que no ha sucedido y creo que los chinos no se ven en el rol de otorgar financiamiento para el fortalecimiento de las reservas internacionales.
Cuando habla de organismos multilaterales, ¿plantea acudir al Fondo Monetario Internacional?Dentro de los organismos multilaterales, el FMI aparece como el prestamista real de última instancia. Cuando existen brechas de financiamiento tan importantes esa es la última variable que vas a tener que considerar y tomar en cuenta de manera seria.
¿Cuántos dólares necesita Venezuela para cubrir el déficit de divisas?Con el precio de la cesta petrolera venezolana en un promedio de 45 dólares el barril este año, que hoy luce un precio alto pero hay que considerar que lo que se espera es que el barril se recupere en el segundo semestre, estamos hablando de 23 mil millones de dólares.
Y si el precio sigue igual los vuelve a necesitar nuevamente en 2017. Es decir, estamos en un punto donde el tema del financiamiento es estructural y  hay que evaluar si el diseño de la estrategia económica va acorde con esa realidad.
¿El gobierno no podría plantearse un recorte aún más profundo de las importaciones, la venta de activos como Citgo y no pagar la deuda externa por la que hay que cancelar 9.500 millones de dólares este año?Hay diferentes mecanismos para enfrentar este escenario y eso determina los impactos económicos y sociales. Venezuela tiene una estructura económica donde las materias primas importadas representan 28% dentro de la estructura de costos del sector industrial. Eso implica que si reduces más las importaciones, incluyendo las materias primas, la oferta será menor y como la política fiscal sigue siendo expansiva se profundizará el desbalance respecto a la demanda y por ende la inflación sería mayor y el desabastecimiento más recurrente.
¿Es posible vender Citgo para enfrentar esta brecha financiera? La respuesta es sí, pero es un activo que se puede utilizar una sola vez. El default es otra opción, pero que cierra el financiamiento para el próximo año. Entonces, no se trata de tomar decisiones que van cerrando las opciones, sino definir un plan que nos haga viable el bienestar a futuro.
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Efraín Velásquez, fotografiado por Andrés Kerese.
El gobierno emitió un decreto de emergencia económica que será discutido por la Asamblea Nacional para su aprobación. El decreto, en resumen, implica evadir el control presupuestario por parte de la Asamblea, le otorga al Ejecutivo la facultad de intervenir empresas, activos y propiedad privada a fin de garantizar el abastecimiento de productos básicos y, además, otorgaría al gobierno el poder de restringir las operaciones en bolívares. ¿Qué opina de esta visión?La visión que expresa ese decreto no aborda los problemas fundamentales de la economía venezolana. Es un decreto que se refiere a temas internos y el tema fundamental para incrementar la oferta es el financiamiento externo. Tampoco enfrenta la necesidad de una reducción progresiva del déficit fiscal. Como ninguna de estas dos cosas está explícitamente enfrentada en el decreto, las características generales del ambiente económico, signado por recesión, alta inflación y problemas de abastecimiento, se mantendrían. Este decreto no enfrenta los problemas de la economía.
El 30 de diciembre, el presidente Nicolás Maduro promulgó la Ley del Régimen Cambiario donde se indica que el Cencoex no autorizará divisas “para satisfacer una prestación ya extinguida” salvo que se trate de casos que el mismo Cencoex considere de “interés nacional”. Esto apunta a que no habrá dólares para que el sector privado pague la deuda que tiene con proveedores en el exterior y que en el caso de la industria de alimentos, por ejemplo, es de 1.500 millones. ¿Esto no va a agravar los problemas de oferta?Los problemas de oferta están atados a esta deuda. Actualmente, las importaciones de materias primas son prepagadas. Una de las cosas fundamentales de la estrategia de financiamiento externo es que hay que buscar una solución para las deudas acumuladas con proveedores internacionales porque es una de las maneras de mejorar la oferta interna, disminuir la inflación y disminuir el desabastecimiento.
¿Para un nuevo ministro de finanzas cuál es la única manera de resolver esto en un escenario de reservas internacionales y flujo de exportaciones petroleras limitadas? Emitiendo deuda.
El comunicado del Consejo señala: “Para reducir del desbalance entre la oferta y la demanda de bienes y servicios, se requiere disminuir el estímulo de demanda que genera el gasto público interno financiado a través del Banco Central”. Es decir prohibir que el BCV siga fabricando billetes para que el gobierno gaste. De acuerdo con la visión de algunos economistas el gobierno puede prescindir del BCV si devalúa porque obtendría más bolívares por cada dólar. ¿Basta esta medida para acabar con la presión inflacionaria?Al evaluar el tema fiscal hay que abordar el financiamiento, pero lo fundamental es el nivel de gasto del gobierno que aumentó desde 24% del PIB en los años 90 a 33% del PIB en la primera década de los años 2000 y a un promedio de 45% en la década actual.
Esto se traduce en que la magnitud del gasto público es tal que la economía no puede soportarlo. Cuando hablamos de gasto público hablamos de demanda, entonces tenemos a una población con bolívares en el bolsillo que sale a comprar cosas que no encuentra porque la oferta no crece en un entorno, donde por ejemplo, no le asignan suficientes dólares a las empresas para la adquisición de materia prima. Cuando la demanda crece más rápido que la oferta el propio dinamismo del sistema económico trata de resolver ese desbalance a través de la inflación, que es la manera en que disminuye la capacidad de compra. Es un ajuste perverso.
Entonces, el tema de la devaluación elimina el financiamiento monetario pero no elimina el impacto monetario que es el que está determinando el crecimiento de la demanda, porque al devaluar el Banco Central le va a dar los bolívares a Pdvsa como venta de exportaciones petroleras.
¿Y esto no sería menos inflacionario que el esquema actual en el que el Banco Central crea bolívares para comprarle bonos a empresas públicas, principalmente a Pdvsa?El tema de la devaluación genera más inflación al principio y menos inflación después. Es mejor la devaluación que el financiamiento, pero el punto fundamental es que la política fiscal es expansiva.
¿De cuánto es la brecha actual entre los ingresos y el gasto del gobierno en bolívares?En Venezuela el promedio era de 10% del PIB, en estas circunstancias está por encima.
¿Su idea central es que más allá de devaluar o no el problema fundamental es que el gasto del gobierno es muy elevado?El punto central es que hay que establecer una coordinación entre la política fiscal y monetaria. La política fiscal tiene que ser más restrictiva y la política monetaria también.
La visión de miembros del gabinete económico es que disminuir el gasto público en las actuales circunstancias aumentaría la recesión y amplificaría los problemas.El análisis parcial dice que la actividad económica va a caer por la reducción del gasto público, pero lo que hay que considerar es que se pueden abrir espacios para que el sector privado compense este descenso del gasto. Toda la estrategia económica de hoy pretende que el gobierno haga todo, que el gobierno genera crecimiento, que el gobierno resuelve todos los problemas.
¿En el escenario actual el gasto desbordado del gobierno sólo aumenta el malestar de la economía?Así es, lo que está ocurriendo es que estamos en un escenario donde la política fiscal, el gasto del gobierno, ya no genera crecimiento, únicamente produce más inflación y más desabastecimiento.
El comunicado del Consejo indica que es necesario ir hacia una estrategia que contemple un “esquema de incentivos para la participación privada en el proceso de crecimiento económico”. ¿Eso no implica desmontar el control de cambio, el control de precios, crear unas instituciones confiables… En fin, unas tareas que lucen muy alejadas de lo que se plantea el gobierno de Nicolás Maduro?Eso es lo que la sociedad debería estar pensando. Esos son los temas que no solo Venezuela sino cualquier país que trate de definir una estrategia económica que redunde en bienestar de sus ciudadanos tiene que tomar en cuenta. El centro de la estabilidad macroeconómica depende del diseño de la política económica pero la sostenibilidad del crecimiento y el bienestar provienen de la inversión privada y para que haya una participación más activa del sector privado hay que crear las condiciones.
En materia cambiaria el ministro Jesús Faría ha dicho que hay que ir a una simplificación. Me imagino que se trata de solo tener un tipo de cambio oficial pero mantener el control de cambio; de hecho, el Presidente hizo una reforma a la Ley de Ilícitos Cambiarios que aumenta las penas para quienes fijen precio de acuerdo al dólar paralelo. ¿Cuál sería el resultado de aplicar este esquema en caso de que se adopte?Lo fundamental en el tema cambiario es resolver el problema del bajo nivel de las reservas internacionales líquidas, a fin de que quienes soliciten divisas puedan obtenerlas. En el escenario actual con liquidez de reservas muy limitadas puedes poner uno, dos o tres tipos de cambio pero el sistema no va a tener liquidez para operar como ocurrió con el Simadi.
Lo primero es establecer una estrategia de financiamiento externo que le de liquidez a las reservas internacionales, luego considerar el tema fiscal, la reducción del déficit doméstico de manera importante y coordinar eso con la política monetaria del Banco Central. Una vez que esto esté resuelto podríamos hablar de una nueva estructura del sistema cambiario que sea estable y redunde en beneficio del sistema económico.
¿Cuál es su propuesta en cuanto a cuál debe ser la estructura del sistema cambiario?La estructura depende del horizonte de tiempo del que estemos hablando. A largo plazo el objetivo tendría que ser un sistema de cambio único flotante con intervención del Banco Central. En el corto plazo creo que deberíamos ir a un sistema dual, con un tipo de cambio oficial y un tipo de cambio libre administrado por el Banco Central.
Pasar de una sola vez a la eliminación del control de cambio es lo que hicimos en 1989, hoy los impactos económicos y sociales serían muy importantes. Por eso me inclinaría por un proceso gradual. No obstante, hay que tener presente que cuando se entra en procesos graduales los grupos de interés pueden bloquear algunas de las decisiones y hacer que la gradualidad se haga muy lenta. Para evitar eso habría que estar preparado.
La reforma a la Ley del BCV allanó el camino para que el Banco Central financie al Gobierno. Esto cuadra con la idea del ministro Luis Salas de que la emisión de dinero es una causa menor en la inflación a la cual define como “una operación de transferencia de los ingresos y de la riqueza social desde unos sectores de la población hacia otros por la vía del aumento de los precios”. ¿Qué opina de esta visión?La experiencia histórica, lo que hemos visto en Venezuela y está muy claro haciendo seguimiento mensual durante 2015, es que los agregados monetarios tiene impactos sobre la actividad económica y sobre las variables de inflación y tipo de cambio. El motivo fundamental por el cual estamos enfrentando serias dificultades es el desorden fiscal y monetario que las autoridades han llevado adelante, sobre todo después de 2010 cuando se hizo la reforma a la Ley del Banco Central que abrió las puertas al financiamiento monetario. En 2010, el Consejo presentó una posición pública anticipando lo que podría ocurrir y resultó muy cercana a lo que hemos vivido.
Las estadísticas que publicó el Banco Central indican que en el tercer trimestre de 2015 la inflación acumuló un salto de 39,9% versus 13,4% en el mismo lapso de 2014. Colegas suyos hablan de que en 2016 el país puede caer en una hiperinflación. ¿Está de acuerdo?La inflación se ha acelerado porque el desbalance entre la oferta y la demanda es mayor. En cuanto a la hiperinflación, ¿es posible que eso ocurra en una economía? La respuesta es sí. ¿Es posible que eso ocurra en Venezuela en 2016? Mi respuesta es no.
El comunicado del Consejo también habla de Política Petrolera. Dice que es necesaria la “apertura de espacios para la inversión petrolera nacional e internacional. Ello iniciará el proceso de crecimiento económico sostenible debido a sus relevantes relaciones intersectoriales”. ¿Actualmente no hay espacios?El sector con mayores relaciones intersectoriales es el petrolero, cuando se invierte un dólar en petróleo se convierte en casi dos dólares en la economía, por ejemplo, la mitad de la construcción son las obras civiles para el área petrolera, la industria metalmecánica está montada para venderle a Pdvsa, comercio, manufactura, todo se relaciona al sector petrolero. Entonces es una herramienta clave para el crecimiento.

Las empresas petroleras están esperando que se abran oportunidades de inversión, no es un tema de reformas legales. Otro aspecto es que un anuncio de una nueva visión petrolera cambiaría la percepción, se crearía un ambiente de negocios positivo y esto impacta en el corto plazo.